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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

Electra.—Esas palabras no puede aplaudirlas más que un ingrato.

Crisótemis.—¿Pero tú no me creerás y te pondrás de acuerdo conmigo?

Electra.—De ninguna manera. Aun no he perdido el juicio.

Crisótemis.—Me voy, pues, adonde se me ha enviado.

Electra.—¿Adónde vas? ¿Para quién llevas esas ofrendas?

Crisótemis.—La madre me envía a derramar libaciones sobre la tumba del padre.

Electra.—¿Qué dices? ¿Sobre la tumba del más infortunado de los mortales?

Crisótemis.—Del que ella misma mató; pues eso quieres decir.

Electra.—¿Qué amigo la ha inducido a ello? ¿Quién le ha dado tal consejo?

Crisótemis.—El miedo que ha pasado esta noche, a lo que creo.

Electra.—¡Oh dioses de la familia, asistidme en este trance!

Crisótemis.—¿Fundas alguna esperanza en este miedo?

Electra.—Si me refieres la visión te lo diré.

Crisótemis.—No puedo decirte más que lo poco que sé.

Electra.—Cuéntamelo, pues; que muchas veces pocas palabras han sido bastantes para derribar y levantar a los hombres.

Crisótemis.—Corre el rumor de que ella ha tenido una segunda conversación con nuestro padre, que se le ha aparecido; el cual, luego, clavó en el hogar el cetro que antes llevaba él y ahora Egisto; que del cetro brotó