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grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y a alguna otra cosa más.

—La vida eterna—dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos—. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?

—¿Es de mí de quien habla usted?

—No solamente de usted... Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto...

Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.

—Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera...

Pero el diablo se enfadó.

—¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene mas que responder: ¿la muerte o la vida eterna?

Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. «¿Qué es eso del sufrimiento?», se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo...

... En este momento se le conducía ya al cemen-