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terio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento.

«Mi corazón está cansado hasta de las alegrías», continuaba reflexionando el dignatario que conducían al cementerio. «No pide mas que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado...»

Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un pequeño episodio. Fué antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. El también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.

—¡Pero despache usted!—le dijo el diablo con tono disgustado—. ¡El fin se acerca!

Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la palabra «fin» le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.

—¿Se puede firmar con los ojos cerrados?—preguntó tímidamente.