Página:Las tinieblas y otros cuentos.djvu/140

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—Te pido perdón. Reflexiona fríamente, tranquilamente. Una mujer cualquiera echa al mundo un niño y para desembarazarse de él lo regala; después vuelve y declara: «puesto que mi amante me ha abandonado, me aburro y quiero recobrar el niño. Puesto que no tengo bastante dinero para frecuentar los teatros y los conciertos, me voy a divertir con mi niño...» No, de ningún modo. Se engaña usted, señora. No lo tendrá.

—Te equivocas, Grischa: sabes bien que está enferma, abandonada de todo el mundo...

—¡Ah, Nastasia Filipovna! ¡Un santo perdería la paciencia contigo! Pero tú olvidas que se trata del porvenir del niño. O quizá eso te importa poco, que sea un hombre honrado o se haga un canalla. Y yo estoy seguro que en casa de esa mujer se hará un picaro, un ladrón, un canalla y... un canalla.

—¡Grischa!

—No, te lo ruego. ¡Me pones fuera de mí! Hallas siempre un placer en decir sandeces. «Está abandonada de todo el mundo...» Y nosotros, ¿no estamos solos? ¡No, no tienes razón! ¿Por qué diablos me habré casado contigo? Te haría falta por marido un verdugo...

La mujer, que no tenía corazón, se echó a llorar. El marido le pidió perdón, demostrándola que había que ser bestia como un asno para hacer caso de las palabras de un idiota como él. Poco a poco ella se tranquilizó y preguntó:

—¿Y qué dice M. Talonsky?

El se enfadó de nuevo.