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lancólico de la lluvia añadió una nota lúgubre, y desesperada que penetró en las tinieblas y se extendió por el campo negro y desnudo.

El perro aullaba metódicamente, con insistencia, con la tranquilidad de la desesperación. Quien le hubiera oído habría podido creer que era la negra noche misma quien lloraba la luz extinguida y habría sentido un profundo deseo de estar al calor, cerca del fuego, teniendo estrechamente abrazada contra su corazón a una mujer amada.

El perro seguía ladrando.