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70 GINA LOMBROSO A ADAN

Bajo el impulso de este sentimentalismo tiende la mu- jer a creer que el atribulado, el pobre, el enfermo que desea socorrer, lo son en mayor grado todavía de lo que es la rea- lidad: que el hijo, el marido, el hermano, a cuyo cuidado vive consagrada, necesitan de ella, de su ayuda, de sus estí- mulos y de sus esfuerzos, mucho más de lo que realmente necesitan.

Bajo el influjo de este sentimentalismo, tiende la mu- jer a sacrificarse, a inmolarse hasta cuando no es necesario, a engañarse creyendo que sacrificio y virtud son la misma cosa, lo que no es así, y que el sacrificio propio y el bien aje- no, son idénticos, lo que tampoco es verdad.

Todos los días vemos mujeres casadas y solteras renun- ciar voluntariamente a sus más legítimos y sanos deseos: cor- tarse el pelo, prohibirse toda palabra con extraños, abstenerse de toda diversión, enajenar sus bienes, su talento, su posición y su porvenir, con la ilusión de que tal renunciamiento ha de redundar en bien del ser amado y en el aumento de su cariño. Todos los días vemos, mujeres casadas aperrearse desde por la mañana hasta por la noche, a fin de acrecer el peculio fami- líar.

Diariamente vemos cómo hay mujeres que se enamoran de hombres y de instituciones por la sola razón de que exi- gen de ellas sacrificios excesivos.

Este sentimentalismo tiene su raíz en el hecho de que las ideas penetran en nosotras, las mujeres, por el corazón, no por la cabeza, y el corazón no tiene como la cabeza me- didas métricas, comunes denominadores, con arreglo a los cua- les determinar exactamente la magnitud e importancia de las Impresiones que recibe.

Este sentimentalismo tiene sus más hondas raíces en el sentimiento materno, para el cual el sacrificio propio y el bien ajeno son realmente una misma cosa, confundiéndose amor y sacrificio. El recién nacido necesita de la madre toda para sí, día y noche; el niño requiere que la madre, para criarlo, sa- crifique toda su vida externa. Esta necesidad dura tan sólo unos cuantos meses; pero la mujer, cuya alma está toda ella

peneírada e infiuída del amor maternal, propende a trasla- dar este concento a la vida cotidiana.