Página:Los ladrones de Londres.djvu/23

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yor pensando seriamente en los medios de pagar muchos plazos vencidos de alquileres, por los cuales su casero, se iba haciendo cada dia mas cocora. A pesar de los vastos conocimientos de Mr. Gamfield en aritmética , no podía llegar á la resolucion de la suma de cinco libras esterlinas (montante de su deuda); y en un rapto de frenesí matemático, golpeaba alternativamente su frente y á su jumento, cuando al llegar frente la casa de Caridad, sus ojos se encontraron con el anuncio fijado en la puerta.
―So! .o...o...o...so! -―dijo el limpia chimeneas dirigiéndose á su burro.
—El caballero del chaleco blanco estaba en el lindar de la puerta con las manos tras la espalda, viniendo de pronunciar sin duda un discurso soberbio en la sala del consejo. Habiendo sido testigo de la pequeña discusion entre Mr. Gamfield y su asno, sonrió graciosamente al ver al primero leer el anúncio, pues pensó al momento que ese era el género de amo que convenía á Oliverio. Mr. Gamfield sonrió tambien para sus adentros recorriendo el anúncio; porque cabalmente cinco libras esterlinas formaban la suma justa que necesitaba; y por lo que toca al niño que era necesario cargarse á cuestas, el limpia chimeneas pensó que con el régimen de vida, á que habia sido ajustado , debia tener una talla capaz para pasar las chimeneas mas estrechas. Releyó pues por segunda vez desde la cruz á la fecha el anúncio y llevando la mano á su gorra de pelo de nutria se arrimó con el mas profundo respeto al caballero del chaleco blanco y le habló en estos términos:
­­ ―Perdon, caballero! ¿No es aqui que hay un niño á quien la parroquia quisiera colocar de aprendiz?
—Si buen hombre. —dijo el otro con una sonrisa graciosa―— Que le quereis?
-—Si la parroquia quisiera darle un oficio agradable y muy fatigoso en el arte de limpiar chimeneas por ejemplo; yo lo tomaria de muy buena gana; porque cabalmente necesito un aprendiz.