Página:Los ladrones de Londres.djvu/25

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―De ningun modo.—añadió el caballero del chaleco blanco.

—Despues de bien meditado; no.—concluyeron los demas miembros.

Como Mr. Gamfield tenia fama de haber apaleado á tres ó cuatro muchachos hasta matarlos, le vino á las mientes que tal vez los miembros del consejo por un capricho inconcebible se habian imaginado que esta circunstancia, (de ningun valor para ellos) debia con todo influir sobre su conducta en esta ocasion. No siendo así hubiera sido muy contrario á su modo acostumbrado, de obrar y de pensar. Además, como no tenia ningunas ganas de atizar la fama publica, se alejó lentamente de la mesa revolviendo su gorra entre sus manos.

-Con que no quereis dármelo caballeros?-dijo parándose en el lindar de la puerta.

No.­­―contestó Mr. Limbkins.―Siendo un oficio sucio, nos parece que deberiais tomar algo menos de la suma ofrecida en el anuncio.

Los ojos del limpia chimeneas brillaron de gozo y dijo volviendo atrás:

—Veamos caballeros, que es lo que Vds. quieren dar?. Que diablos!. No sean Vds. tan duros para un pobre diablo como yo. Que quieren Vds. dar?.

―Creo que tres libras diez chelines, son bastantes.―dijo Mr. Limbkins.

—Vamos—repuso Gamfield-sean cuatro libras y quedan Vds. desembarazados de una vez para siempre. Vamos caballeros!

Tres libras diez chelines.-repitió Mr. Limbkins con firmeza.

Pues bien! partamos la diferencia caballeros.―insistió Gamfield. ―Digamos tres libras quince chelines.

Ni un liard de mas!―Tal fué la respuesta de Mr. Limbkins.

—Están Vds. conmigo azás rigurosos cabalIeros!­-dijo el limpia chimeneas titubeando.