Página:Los ladrones de Londres.djvu/32

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nares para lograr el encuentro de cualquiera capitan que necesitara á bordo de su buque un grumete sin parientes ni amigos, volvia á la casa para dar cuenta de su comision, cuando en el lindar de la puerta se encontró cara á cara con un personage que era nada menos que Mr. Sowerberry empresario parroquial de los entierros.

-Ola Mr. Bumble! Vengo de tomar la medida de dos mugeres muertas ayer noche.―dijo el empresario.

-­Hareis fortuna Señor Sowerberry.-­dijo el pertiguero introduciendo con destreza el pulgar y el index en la caja de polvo que le presentó el empresario y que era un hermoso y diminuto modelo de ataud. —Os digo que hareis fortuna.—continuó dando un golpecillo de baston en muestra de amistad sobre la espalda de este último.

—Así lo creeis? ―dijo el otro con un acento que parecía admitir y rechazar á la vez la probabilidad del hecho.—Señor Bumble; los precios que me abona la Administracion de la casa de caridad son muy pequeños!

-­Así son vuestros ataudes!—replicó el pertiguero con aire zumbon; pero Sin traspasar los límites de la gravedad anexa á un hombre de posicion.

―Esta respuesta tan á propósito de Mr. Bumble, exitó como quien dice la hilaridad de Mr. Sowerberry. No era menester otra cosa para provocar su buen humor, así es que soltó una carcajada que parecía de nunca acabar. —Vaya! En honor de la verdad Señor Bumhle―dijo despues de recohrada su serenidad ―confieso francamente, que despues del sistema de alimentacion nuevamente adoptado en esta casa las cajas son un poco mas estrechas y menos profundas que antes. Pero ya se vé, es preciso una miaja de beneficio Señor Bumble. No ignorais que la madera tal como la empleamos es algo cara, y los manojos de hierro tienen que venir de Birmingham por el canal.

―Si, Sin duda―replicó Mr. Bumble. ­―Cada oficio tiene su buen y mal lado y un beneficio modesto no es para desdeñarse.