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MÉXICO.

En media hora estábamos nuevamente en movimiento, después de un esfuerzo infructuoso de disparale a un potro joven que habíamos empezado en un campo de maíz vecino. El sol ahora estaba intensamente caliente y de su influencia y el ejercicio de la mañana, estaba bañado en sudor, no fue desagradable encontrar los poros de la piel así relevados, después de una residencia de ocho meses en el Valle de México, donde apenas se conoce la sensación.

Puse mi sombrilla para protegerme tanto como era posible de los rayos directos, pero el calor se refleja quemando desde las colinas sin vegetación y las llanuras desnudas. Sin embargo, aquejado por la fatiga de seis horas en la silla sin comida, pronto me dormí, hasta que entramos en la garganta desnuda entre los cerros a través de las que comienza el ascenso a la pirámide en ruina.

Aquí, entre algunos escasos arbustos que dan sombra y refugio, desmontamos para desayunar; pero, por desgracia, nuestros sirvientes habían olivado completamente el agua; no había una gota en las jícaras o cantimploras. Nuestra fiesta de picnic de sardinas, jamón, salchicha y carne preservada, en consecuencia, pero añadido a una reseca sed que no había ninguna esperanza de atenuar solo por lentos tragos de claret y Jerez que había sido expuesto durante horas a un sol brillante en los lomos de las mulas. Tampoco esto fue todo. Apenas nos habíamos sentado, cuando nubes de moscas negras y mosquitos bajaron de sus nidos entre las ruinas, y escribo este memorial de ellos con las manos inflamadas por picaduras inexorables.

Estaba de mal humor, como puede naturalmente suponer, para investigaciones anticuarias, sin embargo monté mi caballo tan pronto como acabamos de desayunar y subí a la colina con Pedro, mientras que mis compañeros, quienes tenían menos ansiedad acerca de tales asuntos, se echaron bajo un toldo de sarapes extendidos entre los árboles, para terminar la siesta que se había interrumpido a las tres y media de la mañana.


LAS RUINAS DE LA PIRÁMIDE DE XOCHICALCO.

A una distancia de seis leguas de la ciudad de Cuernavaca se encuentra un cerro, de trescientos pies de altura, que, con las ruinas que lo coronan, es conocido por el nombre de Xochicalco, o "la colina de flores". La base de esta elevación está rodeada por los restos muy claros de una zanja profunda y amplia; su cumbre es alcanzada por cinco terrazas en espiral; las paredes que las soportan están construidas de piedra, unidas por cemento y siguen estando muy perfectas; y a distancias regulares, como si para defender estas terrazas, hay restos de bastiones en forma de baluartes de una fortificación. La Cumbre de la colina es una amplia explanada, en el lado oriental de la cual hay todavía perceptibles tres conos truncados, similar a los túmulos que se encuentran en muchas ruinas similares en México. En los otros lados hay también grandes