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MESÓN EN CUAUTLA.

nos detuvimos para refrescarnos, mientras el sol quemaba nuestras pieles y teníamos una fiebre que apenas era mitigada por la profusa sudoración. Después de salir de este pueblo, Cuautla apareció inmediatamente a la izquierda, con un río rápido corriendo por ella; mientras, en el frente, estaba la majestuosa hacienda de Cuauwistla, perteneciente a los monjes dominicos de México, de cuyos ingresos anualmente se aparta una suma liberal para atender a los viajeros.

Por algún accidente, el jefe de nuestro grupo se descuidó en obtener una carta de presentación a cualquiera de las haciendas en la zona de Cuautla y esperábamos conseguir alojamiento cómodo en el mesón de la ciudad. Por lo tanto seguimos, sin parar en Cuauwistla, donde sin duda, una carta general de presentación con la que fui favorecido por el arzobispo de los Estados Unidos a todas las iglesias en México, nos habría obtenido una acogida inmediata.

Cuautla es una ciudad del sur perfecta. Las casas son pequeñas y aireadas; agua clara borbotea en medio de la calle; árboles de hojas anchas lanzan sus ramas sobre las viviendas bajas. Las mujeres están, medio vestidas, en las ventanas y puertas, mirando a nada o mutuamente; los hombres parecen tener tan poco que hacer como las mujeres, y todo tiene un aire de "dulce para nada," que prevalece en este clima suave y tentador.

Pasando por la plaza, entramos en una calle lateral y llegamos a la puerta del mesón.

Inmediatamente recordé mi experiencia en Perote y el relato de Latrobe de su experiencia en este mismo mesón.

La puerta del patio se abrió para nosotros. En frente habia un carril estrecho, por un lado, habia un cobertizo y debajo un par de ovejas comiendo una pila de maíz verde en una esquina, mientras una pareja de guajolotes picaban lo que podían encontrar. En el techo un lote de pieles de oveja, recientemente tomadas de los animales, extendidas secándose al sol. Al final del carril estaba la cocina del mesón, que también parece ser el puesto de un zapatero del corpulento propietario, quien, metiendo su delantal al frente, corrió a saludarnos antes de desmontar, seguido por su robusta esposa y un pinche grasiento tan gordo, sucio y repugnante como Maritornes.

Preguntamos ¿si podría "acomodarnos?" "¡Si Señores, si Señores!" dijo, con un fuerte énfasis en el si, como si sorprendido deque dudaramos por un instante las capacidades de su establecimiento.

Se recordará que ahora eramos doce en el grupo. Le pedimos (aún sin desmontar) que nos mostrara las habitaciones.

Del final del carril de entrada que he descrito, había otra saliendo en ángulo recto de ella, y ambos lados estaban adornadas con una fila de cabañas sin ventanas de una sola planta, sobre las puertas de los cuales aparecía en verdadera moda de hotel, los números 1. — 2. — 3. — 4. — 5. — 6.