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MESÓN EN TENANGO.


AYOTLA.

26 Septiembre. Salimos a las tres y media, con luz de Luna en una mañana fría y helada y el primer rayo de la mañana encontró a nuestra tropa subiendo las espuelas de las colinas que sobresale de los lados del Popocatépetl, que estaba a la vista, con nubes rodando sobre su noble cima cuando el sol salía.

Detrás de nosotros, por casi veinte leguas, la tierra caliente se extendía claramente hasta que la vista era tapada por una sierra escarpada y alta. Subimos hasta las granjas de la colina, colgando contra los lados de las montañas y entre bosques de pino, a través de cuyas ramas silbaba un viento frío de otoño. La carretera estaba llena de cruces , muchas recientemente puestas y con guirnaldas y flores.—Es un paso peligroso e infestado con hordas de ladrones, quienes atacan a viajeros de Cuautla al Valle de o que regresan de México con las ganancias de sus ventas.

Más allá de la aldea de Hoochietipec perdimos la vista tanto de la llanura de Cuautla y la tierra caliente, y poco después apareció el Valle de México al oeste.

En Tenango nos detuvimos a desayunar y esperar a Pedro, quien se había perdido las últimas dos horas, habiéndose retrasado con un caballo cojo.

Nuestra posada fue un pequeño agujero de ratas de un mesón de arrieros, con un corral de un par de acres; pero el establecimiento llevaba el nombre de la "¡Purísima Sangre de Cristo!"

Encontramos, para nuestro pesar, que ya no estábamos en la tierra de ricas haciendas y administradores hospitalarios. La vieja canción de "no hai!" se reanudó. ¿Tortillas, chile, mole, pan, agua y pulque? — "No hai!" Con un poco de ayuda, sin embargo, logramos que una de las mujeres de la casa buscara los restos de maíz de su desayuno, que pronto se convirtió en tortillas. Cuando empezábamos a devorarlas, Don Juan vio a un indio con un par de jarras de barro de leche, con uno de los cuales y pasteles correosos, logramos calmar nuestros estómagos hasta la cena. Pedro aun no había llegado, y como se decidió esperarlo, me acosté sobre una roca en la puerta del mesón y me dormí profundamente.

Después de una hora de retraso, durante la cual el sirviente no apareció, y presumiendo que podría haber pasado por algún otro camino (como conocía bien con esta parte del país), montamos de nuevo y descendimos por una serie de planos declives, alcanzando rápidamente el nivel del Valle de México.

Este valle es extremadamente diferente de la tierra caliente. Aunque la temperatura es más suave, todo está seco, reseco, marchito y volcánico. Las laderas de colinas y montañas están sin bosques—los