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RUINAS DE LA QUEMADA.

plaza de ciento cincuenta pies. Este espacio fue rodeado en el sureste y el oeste, por una terraza elevada de tres pies por doce de amplitud, en el centro de cada lado hay escalones, por el que se desciende a la plaza. Cada terraza fue respaldada por un muro de veinte pies por ocho o nueve. Desde el sur hay dos amplias entradas, y en el este hay una de treinta pies, comunicando con un salón cuadrado perfecto de doscientos pies, mientras que en el oeste hay una pequeña abertura, conduciendo a una cueva artificial o mazmorra, de la que a continuación hablaré.

"Al norte, la plaza está limitada por la escarpada montaña; y, en el centro de ese lado, hay una pirámide de siete niveles o etapas, que en muchos lugares están perfectas. La parte superior es plana, tiene cuatro lados y mide en la base treinta y ocho por treinta y cinco pies, mientras que en altura es 19. Inmediatamente detrás de todo esto y sobre todo esa parte de la colina que se presenta a la Plaza, hay varios niveles de asientos, ya sea cortados en la roca o construidos con piedras burdas. En el centro de la plaza y hacia el sur de la pirámide, hay un pequeño edificio cuadrangular, siete pies por cinco de altura. La cumbre es imperfecta, pero sin duda fue un altar; y por el carácter del espacio que ocupa, de peculiar forma piramidal, la terraza que lo rodea y los asientos o escalones en la montaña, puede haber pocas dudas de que este ha sido el gran salón de sacrificio o Asamblea o quizás ambos.

"Pasando al oeste, vimos algunos espacios estrechos cerrados, aparentemente parte de un acueducto que de unos tanques en la cima de la montaña; y, después nos mostraron la boca de la cueva, o un pasaje subterraneo, del que se dicen y creen tantas historias supersticiosas todavía. Uno de los principales objetos de nuestra expedición ha sido entrar en este lugar misterioso, que ninguno de los nativos nunca se había aventurado a hacer, y venimos equipados con antorchas para el propósito: lamentablemente, sin embargo, la boca muy recientemente se había caído, y sólo pudimos ver que era una entrada estrecha, bien construida, teniendo en muchos lugares restos de un buen estuco liso. Una gran viga de cedro una vez había apoyado el techo, pero su remoción por gente del campo había causado el deterioro que observamos ahora. El Sr. Tindal, al romper algunos trozos de ladrillo regular quemado, pronto le cayó material sobre su cabeza, pero escapó sin daño; y su accidente provocó que cayera una espesa nube de polvo amarillo, que alsalir de la cueva tuvo una apariencia brillante bajo el pleno resplandor del Sol;—un efecto que obsrvaron los nativos, que estaban cada vez más convencidos de que un inmenso tesoro yacía oculto en este lugar misterioso. Es la opinión general de aquellos que recuerdan la excavación, que era muy profundo; y, en muchos casos, existe una probabilidad que era un lugar de reclusión para víctimas. Su proximidad a la gran sala, en la da pocas dudas de que los ritos sanguinarios de los mexicanos fueron una vez celebrados, es un argumento a favor de esta suposición; pero hay otro igualmente forzoso—su proximidad inmediata a un acantilado de unos doscientos cincuenta pies, al que los cuerpos de las víctimas pueden han sido tirados, como era la cos

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