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MIS CONTEMPORÁNEOS.

 El artista que produce estos efectos llega á ver que toda Europa le conoce hasta en su vida privada, y se desvive por servirle.

 Una vez le escribió una rusa desde Moscou, y puso en el sobre: Señor Gayarre-Roncal. No puso en qué nación estaba el pueblo, pero la carta llegó á los seis días. ¡Ya lo creo!

 — El Czar quiere que cante usted mañana en el palacio de Invierno — le dijo un empleado de la Real Casa, en San Petersburgo.

 — ¡Ah! ¿Él quiere? ¡Pues yo no! — dijo nuestro tenor.

 Allí donde siempre que se nombra el Czar hay que quitarse el sombrero, esta respuesta era un delito de lesa majestad. Pero el alto empleado volvió al escenario.

 — Su Majestad desearía saber á qué hora tendría usted la bondad de honrarle cantando.

 — ¡Eso ya es otra cosa!

 Su carácter independientísimo se parece tanto á este mío que tantos disgustos me cuesta, que no es extraña nuestra intimidad, aparte de mi admiración como español y como amante de la música, por este tenor excepcional.

 Las veinticuatro horas que pasamos juntos enteras cada vez que pasa por aquí, son, como antes he dicho, un descanso, una expansión expansión, sobre todo, aquí donde esa palabra apenas se usa.

 La otra noche hacían Faust en la Opera. ¿Le oire-