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E. BLASCO.

tienen la culpa de ser asi; mientras que con sólo ver á Castelar, á Romero Robledo, á Moret, á García Gutiérrez, á Arrieta ó á Barbieri, se siente deseo de conversar amigablemente con estos hombres á quienes los franceses llamarían enjoleurs, y que llevan en la cara el pasaporte para la opinión pública. La primera vez que el dibujante Luque y yo nos encontramos en el mundo, dijo él: — ¿Quién es ese señor tan estirado, que parece que nos hace el favor de saludarnos? — Yo decía al mismo tiempo: —¡Ese hombre tiene cara de asesino! Un año después éramos amigos tan íntimos, que nuestra intimidad es popular en fuerza de conocerla todo el mundo. Hay, pues, algo que contribuye á la popularidad de las gentes, y es lo que un filósofo llamaría su yo, independiente del arte ó de la literatura que cultiva. Por eso, cuando Romero Robledo ha de nombrar un gobernador, si no le conoce, procura saber qué aspecto tiene. La simpatía es el primer paso en la consideración de las gentes.

 Moreno Nieto era simpático como pocos hombres. Entusiasta de todo y de todos, admirador de cuanto tenía relación con la ciencia, la literatura ó las artes, no hubo principiante que no hallara en él, no ya un protector, sino un amigo. El Ateneo de Madrid, que era como su segunda casa, le debe el bautismo de muchos jóvenes que sin él no hubieran roto el hielo. Dentro del establecimiento se le llamaba Don José, y había en esta manera de decir algo de amor de familia y de ca-