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E. BLASCO.

 Entré en aquel momento y dije á los ilustres desocupados que había alrededor de la chimenea:

 — Señores, no discutir más; eso es mío.

 Se levantó entonces Sanz y me dijo:

 — ¡Ah! ¿Es de usted? ¡Pues oye!

 Y me llevó aparte para darme consejos y dedicarme cariñosas censuras.

 Su cualidad distintiva era el orgullo.

 Orgullo de su propio valer, llevado hasta la exageración; ¿qué digo hasta la exageración? ¡hasta la miseria!

 Prefería morirse de hambre á escribir versos que, según él decía, no habían de entender las gentes.

 Desde que dió al teatro su comedia Achaques de la vejez, juró no escribir más. Nuestras discusiones sobre esta resolución eran muy animadas.

 Daba yo á la escena tres ó cuatro comedias al año, y esto le parecía á mi inolvidable amigo el colmo de la abnegación.

 — ¡Entregarse de ese modo á unos cómicos tan malos! ¡Me haces el efecto de un hombre que engendrara hijos para arrojárselos á las fieras!

 Y no había medio de convencerle de su error.

 — Mira — me dijo en cierta ocasión — tengo pensado y anunciado por ahí hace tiempo un drama que se llama El puñal y la escarcela.

 — ¡Ah! ¿Al fin oiremos otro drama tuyo?

 — No. Espera.... Tú que vas por ese mundo que abo-