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E. BLASCO.

 Una noche, en un teatro, Cadenas estaba sentado al lado mío.

 En un palco cercano á nuestros asientos estaba la marquesa de ***, famosa por su escandalosa vida.

 Y al lado de ella, en indecorosa proximidad, un joven, casi un niño, á quien todo Madrid conocía como amante de aquella hermosa compatriota mía, que hacía de su desordenada vida una coquetería más.

 En el entreacto el palco se llenó de amigos. La nobleza, la banca, la literatura

 — ¿Ve usted? — me decía Cadenas. — ¡Qué consideración, qué respeto, qué atenciones! Y acaso esos mismos murmurarían del que hubiera consagrado su vida entera al amor de una mujer.... ¿Y por qué? Porque acaso también el amante no sería, como ese niño enclenque y podrido, tres veces Duque y cuatro ó cinco veces Grande de España.

 Cadenas, en sus costumbres, es espléndido, generoso, sabe gastar, que es un arte difícil; y los numerosos empleados que tiene á sus órdenes le quieren muy de veras.

 Últimamente ha dedicado tiempo y trabajo á las minas, porque alguna rareza había de tener. Es una minomanía como otra cualquiera, que ha vuelto locos á muchos.

 ¿Qué más minas que la inteligencia de un hombre joven y práctico y estimado, en una capital donde apenas trabaja nadie?