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E. BLASCO.

recibir ésta que llaman distinción, sin serlo más que en el nombre, de manos de quien con ella me obliga á ser devoto suyo.

 Sobre la tumba de Newton quiso alguien poner

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fórmula del binomio eterno en los fastos del álgebra superior; y esto es más grato á la humanidad que si á Newton le hubiesen dado un condado en vida.

 Llamo, pues, Manzanedo al Duque de Santoña, cuyo discurso al cubrirse como Grande de España (otra antigualla de nuestra atrasadísima España) fué objeto de tantos comentarios, porque el mundo moderno, que se compone de comerciantes, banqueros, industriales, periodistas, pintores, músicos, ingenieros, individuos, en fin, dueños de su tiempo, no comprendía aquel afán de probar nobleza de sangre en los antecesores de un honrado industrial, cuando precisamente por industrial se le daba ingreso en la nobleza.

 Pero él se empeñó en ser duque además de marqués, y le dimos la enhorabuena. Dichoso él que es feliz con tan poca cosa. De todos los banqueros españoles, ninguno más en evidencia de veinte años acá.

 Terminada la popularidad legítima de Salamanca, comenzó la popularidad forzada de Manzanedo.

 La multitud necesita siempre un banquero, como necesita un hombre de Estado, un pintor ó un poeta, para ocuparse de él á todas horas, ya con elogio, ya con