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JOSÉ RIZAL

das las conversaciones que comienzan mueren entre monosílabos, con un ruido sibilante, como el que se escucha en los templos silenciosos. ¿Acaso las imagenes de las Vírgenes que cuelgan de las paredes las obligan á guardar la compostura y el silencio religiosos, ó es que aquí las mujeres son diferentes á las demás?

 La única que recibía á las señoras era una vieja, prima del capitán Tiago, de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda su política y urbanidad consistían en ofrecer á los españoles una bandeja de cigarros y buyos[1], y en dar á besar la mano á las filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana concluyó por aburrirse, y oyendo el ruido de un plato que se había roto en la cocina, salió precipitadamente, murmurando:

 —¡Jesús! ¡Jesús! ¡Tengan la bondad de dispensar! ¡Voy á ver qué hacen aquellos indignos!

 Y no volvió á aparecer.

 En cuanto á los hombres, mostrábanse más parlanchines. Algunos cadetes hablaban con animación, pero en voz baja, señalando con el dedo á varias personas de la sala y riéndose con disimulo; en cambio dos extranjeros, vestidos de blanco, cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, paseábanse de un extremo á otro de la sala, como hacen los viajeros aburridos sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la animación partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un militar, alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y bizcochos ingleses.


  1. Hueso de una fruta parecida al dátil, que mascan los indios mezclado con una hoja parecida á la de la morera.