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—contestó el franciscano levantándose también.—En otro tiempo se le hubiera arrastrado, como ya hicieron una vez las corporaciones con el impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!...

 —Le advierto que yo no permito... ¡Su excelencia representa á S. M. el rey!

 —¡Qué rey ni qué Roque! Para nosotros no hay más rey que el legítimo...

 —¡Alto!—gritó el teniente, amenazador y como si se dirigiese á sus soldados.—O usted retira cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte á su excelencia...

 —¡Vaya usted ahora mismo, vaya usted!—contestó con sarcasmo fray Dámaso, acercándose con los puños cerrados.—¿Cree ueted que porque llevo hábitos me faltan?... ¡Vaya usted! ¡Si quiere le prestaré mi coche!

 La cuestión se agriaba cada vez más. Afortunadamente intervino el dominico.

 —Señores!—dijo en tono de autoridad,—no hay que confundir las cosas ni buscar ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En las del hombre hay que hacer una distinción: las que dice ab irato, las que dice ex ore, pero no in corde, y las que dice in corde. Estas últimas son las que únicamente pueden ofender, y eso según: si ya in mente preexistían por un motivo ó solamente vienen per accidens en el calor de la conversación.

 —Pues yo, por accidens y por mí, sé los motivos, padre Sibyla!—interrumpió el militar, que comenzaba á embrollarse con tantas distinciones.—Sé los motivos y los va á oir vuestra reverencia. Duran-