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CANDIDO,

tenia Panglós, amado Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido. Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una friolera que ni siquiera mentarse merece.

Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda? ¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo, le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa, dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió Cacambo: ¿pues no tuve que dar dos-