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ZADIG,

su marido. Luego le fió que era el tal marida zeloso y mal criado, y le dió á entender que le castigaban los Dioses privándole de los preciosos efectos de aquel sacro fuego, el único que hace á los hombres semejantes á los inmortales; por fin dexó caer una liga. Cogióla Zadig con su acostumbrada cortesanía, pero no se la ató á la dama á la pierna; y este leve yerro, si por tal puede tenerse, fué orígen de las desventuras mas horrendas. Zadig no pensó en ello, pero la muger del envidioso pensó mas de lo que decirse puede.

Cada dia se le presentaban nuevas damas. Aseguran los anales secretos de Babilonia, que cayó una vez en la tentacion, pero que quedó pasmado de gozar sin deleyte, y de tener su dama en sus brazos distraido. Era aquella á quien sin pensar dió pruebas de su proteccion, una camarista de la reyna Astarte. Por consolarse decia para sí esta enamorada Babilonia: Menester es que tenga este hombre atestada la cabeza de negocios, pues aun en el lance de gozar de su amor piensa en ellos. Escapósele á Zadig en aquellos instantes en que los mas no dicen palabra, ó solo dicen palabras sagradas, clamar de repente: la reyna; y creyó la Babilonia, que vuelto en sí en un instante delicioso le habia dicho reyna mia. Mas Zadig, distraido siempre, pronunció el nombre de Astarte; y la dama, que en tan feliz situacion todo lo interpretaba á su favor, se figuró que queria decir