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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

en otra (por los Sres. Dumas y Etienne) como serie de lividas manchas, evidentemente «señales de dedos».

— Usted percibirá, continuó mi amigo extendiendo el papel sobre la mesa delante de nosotros, que este dibujo da la idea de una firme y potente garra. No hay deslizamiento aparente. Cada dedo ha conservado — indudablemente hasta la muerte de la víctima — el horrible punto en que fué colocado desde el principio. Trate Vd. ahora de poner todos sus dedos al mismo tiempo, en las respectivas marcas que hay aquí

Hice el ensayo en vano.

— Evidentemente no es así como debemos sujetar á prueba este asunto, dijo Dupin. El papel está extendido sobre una superficie plana; pero la garganta humana es cilindrica. Aqui hay un trozo de leña, cuya circunferencia es, poco más o menos, la de la garganta. Enrolle Vd. el dibujo alrededor y hagamos el experimento de nuevo.

Lo hice; pero la dificultad fué todavia más obvia.

— Ésta, dije, no es la huella de una mano humana.

— Lea Vd. ahora, replicó Dupin, este pasaje de Cuvier.

Era una descripción anatómica, minuciosa, del gran Orangutáng leonado de las islas orientales. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y actividad, la ferocidad salvaje, y las propensiones imitativas de ese mamifero, son conocidas suficientemente de todo el mundo. Comprendí al fin el inmenso horror del asesinato.

La descripción de los dedos, dije, cuando hubo concluido de leer, concuerda exactamente con este dibujo. No veo que otro animal, sino an Orangután,