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LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

— Sentiré separarme de él, á la verdad, dijo Dupin.

— No pretendo que Vd. se haya molestado inútilmente, dijo el hombre. No lo he esperado. Estoy dispuesto a pagar un premio por el hallazgo del animal — un premio razonable, se entiende.

— Bien, replicó mi amigo, es muy justo seguramente. ¡Déjeme Vd. pensar! ¿que me convendrá tener? ¡Ah! le diré á Vd. Mi premio será éste. Me dará Vd. todos los datos que posea acerca de los crímenes de la calle Morgue.

Dupin dijo estas últimas palabras, en un tono muy alto y con mucha tranquilidad. Con la misma serenidad, fué hasta la puerta, la cerró y guardó la llave en su bolsillo. Sacó en seguida una pistola de su pecho y sin la menor violencia, la puso sobre la mesa.

El rostro del marinero se coloreó como si hubiera estado luchando con una sofocación. Se enderezó sobre sus pies repentinamente y empuñó su garrote; pero un segundo después cayó en su asiento, temblando, y con la expresión de la muerte en su fisonomía. No habló ni una palabra. Le compadecía yo desde el fondo de mi corazón.

— Amigo mio, dijo Dupin, con voz bondadosa: Vd. se alarma sin necesidad. No tenemos ninguna intención dañada. Empeño á Vd. mi honor de caballero y de francés, de que no pretendemos hacer á Vd. ningún mal. Sé perfectamente bien que Vd. es inocente de las atrocidades de la calle Morgue. Eso no quiere decir, sin embargo, que niegue que Vd. está algo complicado en ellas. De lo que acabo de decir, Vd. puede comprender que he tenido medios de información sobre este asunto, que no se habría Vd, imaginado jamás. La cuestión es