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SU VIDA Y SUS OBRAS

frades, que es un deber moral, era también uno de los mandatos del gusto.

Hablad de Poe con un americano; confesará acaso su genio; quizá se mostrará hasta altivo de él; pero, con un tono sardónico superior que revela al hombre positivo, os hablará de la vida desarreglada del poeta, de su aliento alcoholizado que se habría encendido con un fósforo, de sus hábitos vagabundos; os dirá que era un ser errático y heteróclito, un planeta fuera de su órbita, que rodaba sin cesar de Baltimore á New-York, de New-York á Filadelfia, de Filadelfia á Boston, de Boston á Baltimore, de Ballimore á Richmond. Y, si con el corazón conmovido por esos preludios de una historia dolorosa, dais á entender que el individuo no es el único culpable, y que debe ser difícil pensar y escribir cómodamente en un país donde hay millones de soberanos, un país sin capital, propiamente dicho, y sin aristocracia — entonces veréis dilatarse sus pupilas y arrojar relámpagos, subirle á los labios la haba del patriotismo atacado, y la América, por su boca, lanzar injurias á la Europa su vieja madre, y á la filosofía de los tiempos antiguos.

Repito que tengo la persuasión de que Edgar Poe y su patria no estaban al nivel. Los Estados Unidos son un país gigantesco y niño, naturalmente celoso del viejo continente. Altivo de su desenvolvimiento material, anormal y casi monstruoso, ese recién venido en la historia, tiene una fe ingenua en el todopoderío de la industria; está convencido, como algunos desdichados entre nosotros, que acabará por comerse al Diablo; ¡el tiempo y el dinero tienen entre ellos un valor tan grande! La actividad material, exagerada hasta las