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EL POZO Y EL PÉNDULO

Yo no ponía un muy grande interés en esas investigaciones, tampoco ninguna esperanza; pero una vaga curiosidad me llevó á continuarlas. Dejando el muro, resolví atravesar la superficie circunscrita. Desde luego avancé con una extrema precaución; pues el suelo, aunque pareciendo de una materia dura, era falso y pegajoso. Á la larga, sin embargo, tomé valor y me puse á caminar con seguridad, aplicándome á atravesar en línea tan recta como fuera posible. Había así dado diez ó doce pasos poco más ó menos, cuando un extremo del dobladillo desgarrado de mi traje, se enrosco á mis piernas. Caminé, y caí violentamente con el rostro para abajo. En el desorden de mi caída, no noté de seguida una circunstancia pasablemente sorprendente, que sin embargo algunos instantes después, y cuando estaba todavía extendido, llamó mi atención. Hela aquí: mi barba tocaba el suelo de la prisión, pero mis labios y la parte superior de mi cabeza, aunque pareciendo situadas á una menor elevación que la barba, no tocaban nada. Al mismo tiempo, me pareció que mi frente estaba bañada en un sudor viscoso y que un olor particular de hongos viejos subía hacia mi nariz. Extendí el brazo, y temblé al descubrir que había caído sobre el borde mismo de un pozo circular, cuya extensión no tenía medio ninguno de medir por el momento. Tanteando la mampostería de debajo del brocal, logré desprender un pequeño fragmento y le dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté el oído á sus rebotes; golpeaba en su caída las paredes del precipicio; al fin hizó en el agua lúgubre zabullida, seguida de ruidosos ecos. En el acto un ruido se produjo encima de mi cabeza, como de una puerta, casi tan pronto cerrada como abierta,