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EL POZO Y EL PÉNDULO

salido apenas de mi lecho de horror, había dado apenas algunos pasos sobre el pavimento de la prisión, cuando el movimiento de la infernal máquina cesó y la vi atraída por una fuerza invisible á través del techo. Fué una lección que me puso la desesperación en el corazón. Todos mis movimientos eran indudablemente espiados. ¡Libre! — no había escapado á la muerte bajo una especie de agonía sino para ser víctima de la muerte bajo alguna otra especie. A este pensamiento hice girar mis ojos convulsivamente sobre las paredes de hierro que me rodeaban. Algo de singular — un cambio que desde luego no pude apreciar distintamente se producía en el cuarto — era evidente. Durante algunos minutos de una distracción llena de sueños y temblores, me perdí en vanas é incoherente conjeturas.

Durante ese tiempo me apercibí por la primera vez del origen de la luz sulfurosa que alumbraba la celda. Provenía de una hendidura como de media pulgada de ancho, que se extendía alrededor de la prisión en la base de los muros, que parecían así y estaban en efecto, completamente separados del suelo. Traté, pero en vano, como se puede pensar, de mirar por esta abertura.

Cuando me levantaba desalentado, el misterio de la alteración del cuadro, se reveló en el acto á mi inteligencia. Había observado que aunque los contornos de las figuras murales fuesen suficientemente distintos, los colores parecían alterados é indecisos.

Esos colores acababan de tomar y tomaban en efecto á cada instante un brillo sorprendente y muy intenso, que daba á aquellas imágenes fantásticas y diabólicas, un aspecto que habría hecho estremecer nervios más

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