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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

sólidos que los míos. Ojos de demonio, de una vivacidad feroz y siniestra, estaban clavados sobre mí, en mil sitios, donde primitivamente no sospechaba ninguno y brillaban con el brillo lúgubre de un fuego, que yo quería absolutamente, pero en vano, mirar como imaginario.

¡Imaginario! ¡Me bastaba respirar para atraer á mis narices el vapor del hierro caliente! ¡Un olor sofocante se derramaba en la prisión! ¡Un ardor más profundo se fijaba á cada instante, en los ojos clavados sobre mi agonía! ¡Un tinte más rico de rojo se mostraba sobre aquellas horribles pinturas de sangre! ¡Estaba jadeante! ¡Respiraba con esfuerzo! ¡No había que dudar del designio de mis verdugos! — ¡Oh! los más despiadados, ¡oh! ¡los más demoniacos de los hombres! Retrocedí lejos del metal ardiente hacia el centro del calabozo. Frente á esta destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo, sorprendió mi alma como un bálsamo. Me precipité hacia sus bordes mortales. Tendí mis miradas hacia el fondo. El brillo de la bóveda inflamada iluminaba sus más secretas cavidades. Sin embargo, durante un instante de extravío, mi espíritu se rehusó á comprender la significación de lo que veía. Al fin, eso entró en mi alma — á la fuerza, victoriosamente; se imprimió con fuego sobre mi razón calenturienta. — ¡Oh! ¡una voz, una voz para hablar! — ¡Oh! ¡horror! — ¡Oh! todos los horrores, ¡excepto ese! — Arrojando un grito me separé de la orilla y ocultando el rostro entre mis manos, lloré amargamente.

El calor aumentaba rápidamente y una vez todavía levanté los ojos temblando como en un acceso de fiebre.