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EDGAR POE, — NOVELAS Y CUENTOS

pida por la roca, quedó estúpidamente asombrado. Un momento después le había yo encadenado al granito.

En la pared había dos garfios de hierro ó mejor di­cho dos anillos de hierro, á dos pies de distancia, y en sentido horizontal. De uno colgaba una eadena y en el otro habia un candado. Habiendo rodeado su cuerpo con la cadena, el sujetarle fué cuestión de algunos segundos. Estaba demasiado asombrado para resistir. Saqué la llave y retrocedí, algunos pasos fuera del nicho.

— Pase Vd. la mano por encima del muro — dije — no puede Vd. menos·de sentir el nitro. Verdaderamente, está muy húmedo. Permítame Vd. que le suplique una vez más, que se vaya.

— ¿No?

— Entomces positivamente tengo necesidad de abandonarle. Pero ante todo prestarlé á Vd. todos los peque­ños servicios que están en mi poder.

— ¡El amontillado! — exclamó mi amigo que aun no había vuelto de su asombro.

— Es verdad contesté — el amontillado.

Mientras pronunciaba estas palabras, ataqué a la pila de huesos de que ya he hablado. Los eché á un lado y no tardé en descubrir una gran cantidad de cascote y mor­tero ó mézcla. Con estos materiales y con ayuda de mi llana empecé activamente á tapar la entrada del nicho.

Apenas había colocado la primera hilera, cuando ob­servé que la borrachera de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fué un grito sordo, un gemido que salió del fondo del ni­cho. ¡No era el grito de un hombre ebrio! Después