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EDGAR POE

aquel momento hasta su muerte, fuimos amigos... y sé que en sus últimas palabras, he tenido mi parte de recuerdo, y que me ha dado, antes de que su razón cayera de su trono de soberana, una prueba suprema de su fiel amistad.

«Era, sobre todo en su interior á la vez simple y poético, que el carácter de Edgar Poe aparecía para mí en su más bella luz. Dócil, afectuoso, espiritual, tan pronto dócil y tan pronto malo como un niño mimado, tenía siempre para su joven, dulce y adorada mujer, y para todos los que le buscaban, hasta en medio de sus más fatigantes tareas literarias, una palabra amable, una sonrisa benevolente, atenciones graciosas y corteses. Pasaba interminables horas en su pupitre, bajo el retrato de su Leonor, la amada y y la muerta, siempre asiduo, siempre resignado y fijando con su admirable letra las brillantes fantasías que atravesaban su cerebro, incesantemente en actividad. Me acuerdo haberle visto una mañana más contento y más alegre que de costumbre. Virginia, su dulce mujer, me había suplicado que los visitara y me era imposible resistir á sus solicitaciones... Le encontré trabajando en la serie de artículos que ha publicado bajo el titulo: The Litterati of New-York y me dijo desplegando con una risa de triunfo muchos rollitos de papel (escribía sobre tiras estrechas, sin duda para conformar su copia á la jusificación de los diarios): — Voy á mostraros por la diferencia de largos, los diversos grados de estimación que tengo por cada uno de vuestros literatos; en cada uno de estos papeles, uno de vosotros está envuelto y perfectamente discutido. — ¡Venid, Virginia, y ayudadme! — Y los desenrollaron todos uno á uno.