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EDGAR POE

cuya más ligera intención sirve para llevar dulcemente al lector hacia un fin deseado — y en fin por ese genio especial, por ese temperamento único que le ha permitido pintar y explicar, de una manera impecable, sorprendente, terrible, la excepción en el orden moral.

En él, toda entrada en materia, es atrayente sin violencia, como un torbellino. Su solemnidad sorprende y tiene despierto el espíritu. Se siente desde luego que se trata de algo grave. Y lentamente, poco á poco, se desarrolla una historia cuyo interés todo reposa sobre una imperceptible desviación del intelecto, sobre una hipótesis audaz, sobre un dosaje imprudente de la naturaleza en la amalgama de las facultades. El lector, presa del vértigo, está obligado á seguir, al autor en sus arrastradoras deducciones.

Ningún hombre, lo repito, ha narrado con más magia las excepciones de la vida humana y de la naturaleza; los ardores de la curiosidad de la convalecencia, los fines de estación cargados de esplendores enervantes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos, en que el viento del Sur debilita y distiende los nervios como las cuerdas de un instrumento, en que los ojos se llenan de lágrimas que no vienen del corazón; la alucinación, dejando al principio lugar á la duda, bien pronto convencida y razonadora como un libro; el absurdo instalándose en la inteligencia y gobernándola con una espantable lógica; la historia usurpando el sitio de la voluntad, la contradicción establecida entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacordado hasta el punto de expresar el dolor por la risa. Analiza lo que hay de más fugitivo, pesa lo imponderable y describe, con esa manera minuciosa y cien-