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LA MÁSCARA DE LA MUERTE

das contra, la pared, á cada lado, no impiden en alguna manera, que la vista penetre hasta el fin. En este caso, era muy diferente, como podía esperarse del amor del soberano por lo extravagante.

Los departamentos estaban tan irregularmente dis­puestos, que la visión abrazaba muy poco más de uno á la vez. Había un recodo agudo á cada veinte ó treinta yardas, y en cada recodo, un nuevo efecto. Á derecha é izquierda, en mitad de cada pared, una alta y estre­cha ventana gótica daba sobre un cerrado corredor que proseguía los recodos de la serie. Estas ventanas eran de cristales pintados, cuyo color variaba, de acuerdo con el que dominaba en las decoraciones de la pieza á que daba acceso. Por ejemplo, la situada en la extre­midad oriental estaba adornada de azul, y tenia las ventanas azules. El segundo cuarto era púrpura en sus adornos y tapicerías, y los cristales eran color púrpura. El tercero era verde enteramente, y verdes eran los vidrios. El cuarto estaba adornado de amarillo; el quinto de blanco; el sexto de violeta; el color de los cristales era siempre igual á los adornos. El séptimo salón estaba completamente tapizado de terciopelo negro, que cubría el techo y paredes, cayendo en pesa­dos dobleces sobre una alfombra de la misma tela y color. Unicamente en esta pieza el color de las cristales dejaba de estar en armonía con las decoraciones. Los vidrios eran escarlata: un profundo color de sangre.

Además, en ninguna de las siete habitaciones había lámparas ni candelabros, entre la profusión de ornamentos de oro que se hallaban distribuídos por todas partes, ó colgaban del techo. Ni una sola luz emanaba de lámpara ó bujía en la serie de cuartos adornados.