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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

Pero en los corredores que seguían á las habitaciones, había, frente á cada ventana, un sombrío trípode, lleno de carbones encendidos, que proyectaban sus rayos á través de los pintados cristales, iluminando brillante­mente la pieza. Y así se producían una multitud de apariencias ostentosas y fantásticas. Pero en el cuarto occidental ó negro, el efecto de la luz-de-fuego, tem­blando sobre las oscuras tapicerías, después de pasar por los cristales color sangre, era sombrío en extremo, y producía un tan extraño efecto sobre los rostros de los que en él entraban, que había muy pocos entre la concurrencia, suficientemente intrépidos para experi­mentarlo.

Era en ese salón, también, donde se encontraba co­locado, contra la pared occidental, un gigantesco reloj de ébano.

Su péndulo se movía de un lado á otro con un chi­rrido triste, grave, monótono; cuando el minutero recorría el círculo, y la hora estaba á punto de sonar, salía de entre los pulmones de bronce del reloj, un sonido que era claro, y agudo, y profundo, y extremadamente musical; pero de un tono y énfasis tal, que á cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados á hacer una pausa, momentáneamente, en su ejecución, para escuchar el sonido; y entonces los valsadores cesaban en sus movimientos; y había una pequeña nube en la alegre compañia; y mientras que duraban los golpes de la campana, se notaba que los más festi­vos se volvían pálidos, y que los más viejos se pasaban la mano por la frente; como si les atormentara una fan­tástica meditación. Pero cuando los ecos habían cesado por completo, una alegre carcajada escapaba de todos