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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

cada pieza, y haciendo que la salvaje música de la or­questa, pareciera el eco de sus pasos. Y, cada hora, suena el reloj de ébano que está en el cuarto de tercio­pelo. Y entonces, durante un momento, todo enmudece, salvo la voz del reloj. Los ensueños quedan inmóviles en el sitio que ocupan — helados.

Pero los ecos de la campana se apagan de nuevo — no han durado más que un instante — y apenas han desaparecido, una alegre aunque temblorosa carcajada entreabre los labios de los que danzan. Y entonces la música se dilata otra vez, y los ensueños se ponen en movimiento, y se tuercen acá y allá más jovialmente que nunca, tomando el color de los pintados vidrios, á través de los cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero en el cuarto que está más al occidente de los siete, ninguno de los máscaras se aventura ahora; porque la noche pasa rápidamente; y penetra una luz siempre más roja á través de los vidrios color sangre; y la ne­grura de los fúnebres paños, aterra; y el que pone sus pies sobre la negra alfombra, recibe del cercano reloj de ébano un sordo repique, más solemnemente enfático que los percibidos por los que se abandonan á indolente alegría en las otras habitaciones.

Pero estas otras habitaciones estaban llenas por una inmensa multitud. Y en ellas latía más febrilmente el corazón de la vida. Y la orgía prosiguió en su remolino, hasta que por fin comenzó el anuncio de la media noche en el reloj y entonces la música calló, como he dicho, y las evoluciones de los valsadores se interrumpieron; y hubo una penosa cesación de todo — lo mismo que antes.

Pero ahora, el reloj tenía que golpear doce veces con