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LA MÁSCARA DE LA MUERTE

su campana; y así sucedió, quizá, que muchos pensa­mientos se deslizaron con más tiempo, hasta en las meditaciones de los recelosos que había en aquella bacanal. Y así, además, sucedió, quizá, que cuando el último eco de la última campanada se hundió comple­tamente en el silencio, hubo muchos de los asistentes que pudieron apercibirse de la presencia de un enmas­carado, que hasta entonces no había llamado la aten­ción de nadie. Y habiéndose derramado en voz baja el humor de aquella nueva presencia, surgió por último de todos los convidados, un susurro ó murmullo de desaprobación y sorpresa — que se cambió por fin en expre­sión de terror, de horror y de disgusto.

En una asamblea de fantasmas como la que he pin­tado, se puede suponer que ninguna apariencia vulgar hubiera causado tal sensación.

Á la verdad, la licencia de trajes en los máscaras era casi ilimitada; pero la figura en cuestión había ultra­pasado á Herodes é ido hasta más allá de los límites del problemático decorum del príncipe. Hay cuerdas en los corazones de los más enviciados, que no pueden ser tocadas sin emoción. Hasta para los más comple­tos perdidos, para quienes la vida y la muerte son mo­tivo de burlas, hay asuntos sobre los que no puede dirigírseles una sola chanza. Toda la concurrencia parecia comprender profundamente que en el traje y aspecto del extranjero, no había ni gracia ni decencia. La figura era alta y flaca y estaba cubierta desde la cabeza á los pies por los atavíos del sepulcro. La máscara que ocultaba el rostro copiaba tan bien el exterior de un cuerpo rígido, que el examen más atento hubiera tenido difi­cultad en descubrir la impostura. Y todavía se hubiera