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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

confesarlo, no lo creía del todo) que aquellos casi inarticulados suspiros, y aquellas suaves variaciones de las figuras sobre el muro, no eran sino los efectos naturales de la acostumbrada corriente de aire. Pero una mortal palidez, derramándose sobre su rostro, me había probado que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Se veia que iba a desmayarse, y no había ningún sirviente que pudiera oir mi llamamiento. Me acordé del sitio en que se hallaba un frasco de vino suave que le habían recetado los médicos, y me apresuré á cruzar el cuarto para procurarmelo. Pero al encontrarme debajo de la luz del incensario, dos circunstancias de una naturaleza sorprendente atrajeron mi atención. Había sentido que algún palpable, aunque invisible objeto, había pasado levemente delante de mí; y pude ver sobre la alfombra de oro, justamente en el medio del rico resplandor que arrojaba el incensario, una sombra, una débil é indefinida sombra de angélico aspecto, tal como puede ser imaginada para representarse la sombra de una sombra. Pero yo estaba turbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio, y presté á aquellas cosas poca atención y no hablé de ellas á lady Rowena. Habiendo encontrado el vino, volví á cruzar el cuarto y llené una copa con él, aproximándola después á los labios de la casi desmayada lady. Se había recobrado poco a poco, y sin embargo la tomó con sus propias manos, mientras yo me dejaba caer sobre una otomana próxima, con mis ojos fijos sobre su persona. Fué que entonces llegué á percibir distintamente un débil paso sobre la alfombra, y cerca del lecho; y un segundo después, cuando Rowena llevaba el vino á sus labios, vi, ó puedo haber soñado que