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y casi tétrico de aspecto, aunque en el fondo inclinado á la jocosidad.

—Acabo de tomar la medida de las dos mujeres que murieron anoche, señor Bumble—dijo el funcionario fúnebre.

—¡Usted hará fortuna, señor Sowerberry!—dijo el muñidor, tratándole con confianza y metiendo los dedos en la caja de rapé, que semejaba un pequeño modelo de ataúd, invento por el cual no había obtenido patente—. ¡Usted hará fortuna!

Y al repetirlo, tomándose más confianza, acarició con su bastón las rodillas del agente funerario.

—¿Lo cree usted?—preguntó éste en tono de duda—. Los precios que paga la Comisión son muy reducidos.

—¡También los ataúdes son pequeños!—dijo el muñidor riendo.

El otro se puso á sacar cuentas, condoliéndose de lo malo que se había puesto el negocio. En medio de su lamentación, interrumpida á veces por profundas observaciones del muñidor, á éste le pareció bien cambiar de tema.

—¡Y á propósito!—dijo—. ¿No sabe usted de alguien que necesite un chico para aprendiz? Un muchacho de la Parroquia, una verdadera ganga...

Y deletreó más que silabeó la recompensa: veinticinco duros. Pero el director funerario siguió hablando de los ataúdes inventados por él. El muñidor se quitó su respetable sombrero galoneado, sacó de él un pañuelo, se enjugó el sudor de la frente, y volvió á colocarse con gravedad el tricornio. Luego dijo con voz más tranquila:

—Bueno. ¿Qué hay de lo del muchacho?

—¡Oh!—repuso el otro—.

Ya sabe usted, señor Bumble, que yo pago bastante de derechos parroquiales.