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OLIVERIO TWIST

—¿Y qué?

—¿Y qué? Nada; que estoy pensando que si yo pago tanto á la Parroquia, debo percibir algo de ella cuando la ocasión se presente: así, pues, decido tomar el muchacho para mí, señor Bumble. Le enseñaré á hacer ataúdes.

El muñidor le cogió del brazo y le introdujo en el cuarto de la Comisión. El agente de pompas fúnebres conferenció con aquellos caballeros gordos cinco minutos, y quedó convenido que le enviarían á Oliverio aquella misma tarde «como ensayo»; frase que significaba que en el caso de que el aprendiz le conviniera, dispondría de él á su antojo por un número determinado de años.

Compareció el chico ante el «caballero» á quien iba á pertenecer. Los de la Comisión le dijeron que aquella misma noche sería llevado á la funeraria, y en caso de que aquel señor le devolviera á la Parroquia, sería enviado á servir en un barco: el muchacho no manifestó gran sentimiento, lo que sorprendió á las autoridades parroquiales, que le calificaron de insensible y desagradecido, cuando era más bien demasiado sensible.

Poco después, con la gorra metida hasta los ojos, y agarrado, como la otra vez, á las cintas de las mangas de Bumble, púsose en camino hacia casa del Sr. Sowerberry. Durante un rato caminaron en silencio. El muñidor marchaba con la cabeza erguida, como funcionario que se estima, y no podía ver la cara del muchacho: sin embargo, cuando llegaban cerca de su destino le pareció conveniente mirarle, y vió que el niño iba correctamente vestido y que podía sufrir la inspección de su nuevo amo.

—¡Oliverio!

—¡Mande usted!—repuso el llamado con trémula voz.