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MIGUEL MORENO.—LA GARZA DEL ALISAR

que formaban un camino
que, yendo desde el umbral
de una iglesia, terminaba
en la casa de que habláis.
Luego escuché en su recinto
el tañido funeral
de una campanilla, y luego
de la salmodia el compás,
y olor de incienso espiraba
el ambiente matinal...
—Dime, amigo, ¿no supiste
quién se iba á sacramentar?
—Una niña á quien llamaban,
por su nivea hermosa faz,
porque de blanco vestía,
¡La Garza del Alisar!
—¡Oh! ¡Basta, basta, no sigas!
Es ella... ¡Suerte fatal!...
¿Y habrá muerto?...— Era de noche
cuando dejé la ciudad.
«olor á cera y á tumba»
percibí en el Alisar...
—¡Valor! No tiembles, termina...
¡Mi suplicio es sin igual!...
—¡Infeliz! Yo vi las puertas
de la casa...—¡Acaba ya!...
— Con un negro cortinaje,
abiertas do par en par...
—¡Bendito seas. Dios mío,
acato tu voluntad!