Página:Sesiones de los Cuerpos Lejislativos de Chile - Tomo XXI (1831-1833).djvu/40

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GRAN CONVENCION

mente unida con la revista que hemos bosquelado de algunos de los defectos de que adolece ja Constitucion del año 28, principiaremos su insercion por trozos i nos empeñaremos en que con la mayor brevedad posible salga a la luz pública sin permitir que sufra interrupcion alguna.


A LA GRAN CONVENCION

Ya llegó el dia suspirado en que van a realizarse las esperanzas de los verdaderos chilenos, de esos chilenos honrados i pacíficos que miran con toda la sinceridad de su corazon por el bienestar de sus conciudadanos. Intimamente convencidos de que la verdadera felicidad de los pueblos, no consiste solo en darles instituciones análogas al espíritu del siglo portentoso en que vivimos i a los progresos de una civilizacion que va invadiendo las cuatro partes del orbe, sino en satisfacer antes de todo sus necesidades peculiares, ambos cuerpos lejislativos han decretado en su sabiduría, que se instalase la Gran Convencion i se diese principio a la reforma de la Constitucion del año 28.

El voto emitido por los pueblos en las elecciones del presente año, ha manifestado que esa necesidad era imperiosa i la ha dado un carácter de legalidad, un tono de solemnidad que ya debe haberse hecho irrevocable, pues que ha sido la espresion de la voluntad jeneral. El pueblo chileno i sus mandatarios han celebrado entre sí una obligacion moral, una suerte de contrato que no podria romperse sin incurrir en un exceso peligroso de lijereza e irreflexion i sin esponerse a que el jenio de la discordia vibrase otra vez, con espantosa sonrisa, su antorcha devoradora para reducir a cenizas toda la superficie del territorio nacional. No nos hubiésemos atrevido a prever i mucho menos a vaticinar lo que hubiera sucedido en las provincias, si el Congreso, cediendo a las observaciones de un escrito irregular inserto en El Araucano, 41 i 42, se hubiese avanzado a defraudar las exijencias de sus comitentes i traicionar su confianza.

Antes de entrar en la cuestion que nos hemos propuesto resolver; antes de señalar los vicios de que adolece nuestra Constitucion e indicar la incompatibilidad de algunos de sus capítulos con nuestras necesidades, aventuraremos un lijero análisis sobre ese célebre escrito, que, por lo confuso de sus digresiones, lo capcioso de sus argumentos, la inoportunidad de sus citaciones históricas i en fin, por una dilatada serie de contradicciones que hieren la vista menos perspicaz, encierra en sus largas columnas un jérmen de disturbios que es preciso refutar i desviar.

El autor del Remitido, empeñado en probarnos que las reformas de las leyes han orijinado consecuencias funestas a algunos pueblos antiguos i modernos, enumera con una velocidad estudiada ciertas circunstancias particulares en que aquellos pueblos, obedeciendo al impulso del tiempo i de las luces, i habiendo tratado de mejorar sus instituciones, agravaron sus dolencias en lugar de remediarlas.

Los datos que nos ha trasmitido la historia pueden enseñarnos cuando mas que algunas reformas fueron intempestivas; que el resultado dió lugar a algunas convulsiones; pero de esa hipótesis no debe deducirse precisamente i de un modo universal que ningunas debieron practicarse. Los grandes acontecimientos de los siglos dieziocho i diezinueve nos desmentirán con hechos positivos, presenciados i observados por testigos oculares.

Dígasenos ¿a qué causas deben i debieron los principales estados del antiguo continente i la gran República del nuevo, los progresos estraordinarios que han hecho unos i otros en la carrera de las artes, de las ciencias políticas i naturales? ¿Por qué prodijios un pueblo de ayer se ha colocado a la altura de las primeras naciones, dejando en el espacio de cincuenta años, a una distancia inmensa, todo lo que ha producido la antigüedad con sus fastuosos anales? Si lanzamos la vista hácia esa prolongada hilera de siglos que nos han precedido desde la creacion del mundo, ¿cómo podrá negarse la influencia que han tenido las reformas i variaciones de las leyes en aquel sin número de jeneraciones que durmiendo de un sueño profundo en la noche de los tiempos, atestiguan aun, por los monumentos que nos han dejado, la marcha progresiva de sus instituciones, las instables atrocidades de la barbarie, las vicisitudes de las luces i el triunfo abrazador de una civilizacion que quiere penetrar entre las naciones mas salvajes?

Si fuera este el lugar de recorrer las épocas del mundo, nos seria fácil encontrar en los códigos sagrados de la relijion que profesamos, elementos sublimes con que corroborar la fuerza de nuestros asertos. Hiciéramos ver cómo la moral del Evanjelio, reformándo las leyes anteriormente establecidas, sembrara entre los pueblos que se alistaron bajo su pendon misterioso las delicias de una vida pura i tanto mas deliciosa, cuanto era fácil para los cristianos encerrarse en la divina esfera de sus preceptos. Hiciéramos ver cómo esa constitucion inaccesible al alcance de los años, invariable en medio de las variaciones del espíritu humano; superior a todos los poderes enemigos que quisieron vilipendiarla, fué una reforma admirablemente combinada. Sencilla por esencia, el desierto mas de una vez fué testigo de su pompa, i los pueblos civilizados encadenados a su suave yugo se asombraron al aspecto de su magnificencia. Su inmensidad llenó todas las necesidades, favoreció todas las industrias i marchó siempre a la cabeza de las perfecciones humanas.

Si remontamos al oríjen de los pueblos profanos, preguntaremos al autor del Remitido ¿quié