Página:Tradiciones argentinas.djvu/46

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido corregida
40
TRADICIONES ARGENTINAS
II

 El gobernador Mano de plata no pertenece á la colección, digna más de un gabinete ortopédico que del Museo á cargo de nuestro erudito señor Moreno, ó de nuestra humilde galería, en que desfilaron el mariscal Pierna de palo, el general Cabeza de mate, el coronel Mandíbula de plata, y otros gloriosos inválidos, tan perseguidos por las balas como olvidados en la historia.

 No hay que confundir este gobernador Mano de plata, teniente de Rey, plaza recién creada para la muy noble y muy leal ciudad de Buenos Aires, con D. Melchor Porto Carrero, que virreino en el Perú y quien sustituyera con brazo del precioso metal el que perdió en la batalla de Harras.

 Algo enamoradizo de beldades de azúcar rubia y canela debió ser, por lo mucho que le sulfuraba el cantarcillo populachero con que los muchachos de la Alameda de los Descalzos sabían saludarle en Lima:


« Al conde de la Monclova
le dicen Brazo de plata;
pero tiene mano de oro
cuando corteja mulata.»


 Cuando Mano de plata llegó á las riberas de su nombre, Brazo de plata había salido de la tierra de la misma, sin llevarse ningún Potosí.

 Rara-avis entre los virreyes del Perú, y quizá, quizá entre algunos gobernantes que le sucedieron.

................................................................................

 Eso sí, honrados á carta cabal, aunque uno arribara quince años después del otro, y otros quince gobernara cada uno por su lado, fué en lo único que se alcanzaron sus honradas y progresistas administraciones, dejando ambos numerosos testimonios de generosidad en obras fecundas, edificando al pueblo con su ejemplo.

 Pero si balsa de aceite, en lo pacifica, parecía la época del conde de la Monclova, el reverso de la medalla fué la que tocara al mariscal de campo D. Bruno Mauricio de Zabala, quien con menos elementos hizo más.

 Si el conde construyó los portales sobre la plaza trente á la suntuosa catedral de Lima, en que empleó veinticinco mil pesos de sus regalías, el Cabildo y el Palacio y otras muchas preciosidades, empezando en su tiempo las mejores edificaciones, aunque más pobretón nuestro goberna-