JUANA LA MARIMACHO
¡Ah, china diabla! ¡Y bien haya la madre que la parió!
La imaginación me la retrata cabalgada en un brioso overo del Norte, á quince pasos de la puerta del toril, capa colorada en mano y puro de Cartagena en boca. Con chaquetilla de raso azul con alamares de plata, falda verde—botella y un rico jipijapa en la cabeza, dicen que era lo que se llama una real moza. Como hay Dios que al verla sentían los hombres tentaciones...... así como de reivindicarla.
No la vi yo, por supuesto, en el pleno ejercicio de sus funciones de capeadora de á caballo; pero en su elogio of decir á un viejo casi lo mismo que, hablando del torero Casimiro Cajapaico, escribe el señor marqués de Valleumbroso en su libro Escuela de caballería conforme á la práctica observada en Lima: —Esa china merecía estatua en la plaza de Acho.
Digo que no es poco decir.
TOмo III