Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/193

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i hecho prisionero fué llevado a esa ciudad, en donde conoció a varias personas conocidas mias que me mentó. Le compré algunos objetos i un poco de tabaco, pero era verde i de mal gusto segun me dijo Lenglier a quien lo regalé. A la noche me hicieron cama dentro del toldo, pero habian tantas pulgas que preferí dormir afuera envuelto en mi huaralca.

Conversando con Dionisio, me contó que Eliza Bravo vivia en las tolderías del cacique Huitraillan, casada con un indio llamado Nahuelquir; que era un hombre viejo, del cual tenia tres hijos, uno con el nombre de Narciso; que la habia visto en una fiesta que tuvo lugar en aquel punto; i que el indio tenia ademas otra mujer de alguna edad; pero que Eliza Bravo era la preferida. Que su existencia era tan feliz como podia ser entre esa jente. Que hacia como seis años que vivia allí i que los indios nunca daban detalles sobre ella. Todo esto me lo dijo en secreto, advirtiéndome que la publicidad de esto era bastante para que se le orijinasen perjuicios a él.

Despues, en Arsqulhue, al relatar estas noticias a la mujer de Prieto, el vaquero de ese potrero, me dijo: que el indio habia venido una vez a ese lugar; que tenia una cicatriz de bala en una pierna, i que le habia contado como era casado con una señora de Valdivia, que él habia comprado a los indios de Arauco. I como la mujer de Prieto le dijese que la trajera consigo para el siguiente verano, él le contestó que no haria tal cosa, porque estaba seguro que se la quitarian los españoles; i sucediendo eso, como el la queria tanto, se ahorcaria de pena: dijo tambien que sabia escribir i bordar, i que sus hijos eran mui blancos.

Motoco Cárdenas, me dijo lo mismo i agregó que el cacique Huitrallan ofrecía entregarla por quinientos pesos, de los cuales destinaba dos cientos para comprarla a su marido. Díjome tambien en mucha reserva, que el cacique le habia encargado que buscase sijilosamente entre los españoles de Valdivia alguno que ocultamente quisiera interesarse por la cautiva.

9 de marzo.—Ese dia, volvimos a los toldos del Caleufu, no quise traer conmigo las ovejas compradas sino una que necesitábamos, i tuve que arrepentirme, porque al dia siguiente el indio no quiso entregar sino cuatro a Dionisio que fué a buscarlas.

Llegando al campamento, supe una noticia que ajitaba a la jente de la toldería. Se decia que dentro de poco tiempo llegaría Chincoleu, hermano del famoso Llanquitrue, que venia a cobrar la muerte de su hermano Manquelaf asesinado por los Tehuelches. Pedí porme-