Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/80

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mas que un rinconcito de algunas varas de profundidad, en donde pudiésemos asilarnos i tomar aliento. Caía una lluvia helada como el viento que soplaba; estábamos casi muertos de frio. Veíamos delante, al Este, un horizonte sin nubes, mientras que nosotros nos hallabamos bajo un cielo negro como tinta. Tuvimos bastante suerte para alcanzar una puntilla; pero siempre era preciso que cada bogador tuviese listo su remo, para impedir que el bote se golpeara contra las rocas. Calmóse un poco el viento, pero no podiamos pasar la noche en donde estábamos, porque mas adelante habia otra punta un poco mas prominente; resolvimos doblarla i lo conseguimos. Detras de ella, habia un corto espacio desnudo de vejetacion en donde pudimos encender fuego para calentar nuestros miembros entumidos por el frio. Desde ahí, ya veiamos desmínuir lo escarpado de las pendientes en las cordilleras que teniamos al frente, que hasta esos momentos habian sido solo elevadas paredes cortadas a pico: las líneas culminantes suavizaban su declive i en varios puntos, trechos desnudos de vejetacion, manifestaban que estábamos cerca de parajes ménos salvajes. Por esta razon, era preciso avanzar i mientras tanto no se podia pensar en eso hasta el dia siguiente. Tanto mas que estando claro el cielo al otra dia, veriamos distintamente el horizonte, cosa indispensable para nosotros que navegábamos en aguas desconocidas: ¿quién podia asegurar que en un momento cualquiera, no encontrásemos un escollo cuya presencia no podiamos sospechar, i contra el cual viniesen a fracasar todas nuestras esperanzas sin contar con la pérdida de la vida?

Alimentamos el fuego i cocinamos, despues envueltos en nuestras frazadas, nos entregamos al sueño confiando en la Providencia i en nuestra fortuna.

5 de enero.—Por la mañana, el tiempo parecia un poco mejor. La primera cosa que hicimos, fué repartir de una manera conveniente la carga en el bote, i aun aliviarla; para esto armamos dos de los botes de guta-percha, juntándolos bien sólidamente por medio de un marco de coligües, i con un cabo los pusimos a remolque del bote grande. Habria sido mejor colocar un hombre en cada uno de ellos para gobernar su marcha; pero era esponer demasiado sus vidas. Nos hicimos a la vela; el remolque se comportaba bien.

Antes de salir habíamos discutido con Lenglier sobre el rumbo que se debia tomar para hallar pronto el desagüe. Inspeccionando el horizonte que se estendia delante de nosotros; he aquí lo que presentaba: al frente, a la izquierda, un canal formado por el continente o