Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/83

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nuestra derecha estaba bordeada por rocas, i como a 700 metros, se dirijia al sur en ángulo recto con su primera direccion. Un poco mas adelante, pasamos la isla Larga, de que ya he hablado, dejándola como a seiscientos metros a nuestra izquierda: vimos entónces que todas nuestras presunciones eran justas: la costa que terminaba la bahia grande volvia a dirijirse al Este. Un poco mas léjos se nos presentó una boca formada por una isla, era angosta, i no obstante, resolvimos pasar por este canal, para tener siempre mas cerca la costa septentrional e hicimos bien, porque apenas habianos pasado por entre el continente i esta isla rodeada de varios arrecifes, cuando los dos botes, que embarcaban ya alguna agua, se sumerjieron de repente i quedaron entre dos aguas; no habia que pensar ya en seguir adelante; pero justamente en ese momento, como si hubiera sido hecha para nosotros, veiamos a la izquierda una pequeña bahia, cuyas aguas en perfecta calma nos invitaban a entrar. Doblando la punta, vi al fiel Tigre, nuestro perro, en honor del cual reservo para mas tarde un interesante articulo; ojalá no sea su oracion fúnebre, que apuntaba con el hocico de una manera que no era natural; segui la direccion de su nariz, i divisé en la orilla un animal de la especie de las gamuzas, que, con sus dos grandes ojos negros i admirados, nos examinaba con atencion; bajé a tierra para preseguirlo con mi rifle, pero no lo hallé, habia huido. En este puerto que llamaremos el Puerto del Venado, el terreno, aunque adornado de algunos bosquecitos, tenia un aspecto en todo diferente al que habiamos pisado hasta aqui. Su color amarillo descansaba nuestra vista del verde color de los bosques de las cordilleras; hasta el sol, parecia no ser el mismo. Se hubiera podido decir que habia dos soles, uno blanco, pálido, frio que habiamos dejado atras, al oeste del lago, teniendo como vergüenza de mostrar su disco: el otro, aureo, deslumbrador, en cuyas olas de luz i rayos de calor estabamos como embebidos. La vejetacion tambien habia mudado de aspecto; teniamos a la vista lomas suaves enteramente desnudas en las cuales un millar de flores de varios colores resaltaban sobre el fondo amarillento de las pampas.

Las horribles cordilleras, con su aspecto verde i sombrío habian quedado atras. La esperanza, este último don de la Divinidad que Pandora tuvo la suerte de retener en su caja, entraba en nuestros corazones; estábamos como prisioneros, que saliendo de la atmósfera fétida de los calabozos se encuentran de repente en medio de un aire puro i brillante.

Nos demoramos una hora en esta bahía, aunque resueltos a seguir