Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/94

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Habriamos podido pasar mui bien la noche en la orilla sin fuego, sin vestidos secos, sin nada para comer; pero la Divina Providencia habia permitido que se hubiesen conservado secos, dos o tres fósforos, i que las primeras cosas que la corriente arrojase a la orilla, fuesen sacos de víveres i las mochilas con la ropa que necesitabamos para poder cambiar de vestido: hasta la guitarra i el flageolet se salvaron. Algunos podran reirse al oir estas palabras; pero nada hai casual en este mundo; dos dias despues, la guitarra que regalé al hijo del cacique, me sirvió para conquistar su buena voluntad i su proteccion. Mis compañeros durmieron bien, yo poco: habia porque desvelarse: fracasar cuando ya llegabamos al puerto! no obstante, traté de hallar consuelo; segun mis cálculos cuya precision me confirmaron los indios al dia siguiente, no distabamos mas de diez o doce quilómetros de la confluencia del Limai con el Chimehuin o Huechun, espacio del cual Villarino habia remontado ocho quilómetros: luego el reconocimiento se podia reputar como completo, debíamos agradecer a la Providencia que hubiesemos podido alcanzar hasta ese punto.

8 de enero.—Por la mañana el sol estaba resplandeciente absolutamente como si el dia ántes no hubiésemos naufragado. Hai una cosa digna de notarse i que talvez observa todo el mundo; cuando le sucede a uno alguna grande desgracia; por ejemplo, la pérdida de sus padres, de un pariente o de sus bienes; en virtud de ese yo que es el rasgo mas característico del ser humano, se figura uno que todo el mundo debe afectarse con el suceso, que el órden establecido va a ser trastornado i al dia siguiente se admira uno de que todo marcha como ántes, tanto en la naturaleza como en la sociedad. El sol se asoma ni mas ni ménos brillante, los vecinos continúan su vida de todos los dias, i sorprendido comprende uno que la desgracia que le hiere pasa desapercibida para el resto de la creacion. Ya habia notado esto con la ocasion de la pérdida de personas queridas, volvi a notarlo en nuestro descalabro. El sol se asomaba radiante, cantaban las aves en el aire, i el Limay corría bullicioso lo mismo que si el dia ántes no hubiese hecho fracasar todas mis esperanzas.

Luego me puse a reflexionar en el partido que debia tomarse. Lo primero que debia hacerse era evidentemente tratar de salvar todo lo que pudiésemos del naufrajio, tanto en el interes de nuestras personas como del porvenir, porque mientras mas cosas salvásemos, tanto mas numerosos regalos podiamos hacer a los indios, bien fuese que ellos nos encontrasen primero, o que nosotros fuésemos en su busca. Acabábamos de tomar un lijero almuerzo para dirijimos en segui-