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Cuentos (1896) de Ángel de Estrada
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—¿No vas á enterrar al padre Eusebio? se me dijo esta mañana. Yo no sabía que en la tarde anterior había muerto, y me puse en camino.

El colegio y la casa de los buenos sacerdotes queda en un barrio lejano, frente á una capilla sombreada por añosos paraisos. Árboles queridos, porque en sus ramas se agitaban, há doce años, murmurios acariciadores cuando nuestras almas conocían más del cielo que de la tierra. En esa capilla hicimos con mi hermano Santiago la primera comunión. Por eso viven aquí dentro, las luces del color de sus cristales, con la memoria de días perfumados en la paz del claustro.

Y hoy he vuelto, con el alma enferma, á ver sus árboles y muros, en compañía de mi padre encanecido por los años y las amarguras, sin el otro compañero que nos dejó para siempre. ¡Cuan lejana aquella mañana de sol, en que sentíamos florecer la primavera mística, santificada por enternecimientos benditos! Cuando entré á la portería, donde con el otro niño mirábamos con asombro las telas de los monjes penitentes; cuando pasé á la sala donde yacía el cadáver del noble sacerdote; entre todas aquellas cosas que murmuraban frases antiguas, creí ver al muerto fuera del ataúd, rezando en su breviario, con el aire de un abuelo ungido por el Señor.

Salí después á contemplar el patio. La casa ha sufrido reformas, pero siempre tiene la parra, y el comedor antiguo con sus ventanas y rejillas. La puerta verde, que llevaba á las aulas del colegio, ha desaparecido. Los gorriones pían en los árboles como antes, y son otros. No se siente por sobre la pared la algazara del recreo; no se oye la voz del maestro gritando: — á clase, es la hora. Ah! la blusa azul, tan fea y tan hermosa, tan pobre y tan rica, me mira con tristeza, desteñida por los años...

Un rostro de pómulos salientes, una barba selvática contrastando con una calva brillante, el cuerpo cubierto por una semi-sotana lustrosa... es él, quién puede ser sino el hermano Antonio. Y el buen Antonio que no ha envejecido, aquel que con tanto orgullo nos servía su dulce de ciruelas pergaminosas, pasa sin conocerme. Yo quisiera preguntarle por los viejos pantalones de cuadros, que salían rabiando bajo su túnica, y que ya no lleva. ¿Qué los ha hecho? No han podido desaparecer tan pronto; tenían el carácter de un bien inmueble. Pero no le detengo, y no le hablo porque oigo ya una primera pregunta:

— ¿Y su hermano no ha venido?

Se oyen los versículos cantados; los clérigos con velas encendidas conducen el ataúd á la capilla.

Hé ahí el cadáver del buen pastor. Antes de morir, oró por sus culpas, pensó en los pobres y pidió le enterrasen en la tierra para no ser gravoso á su compañía. Cincuenta años de noble ministerio, civilizando entre peligros, consolando entre lágrimas; y un entierro de cinco personas, unas flores llevadas de nuestra quinta, un hoyo en el suelo... Ah! pero más allá de la sombra, la sonrisa seráfica, que se abre como una flor inmortal.

La capilla está llena de hermanas de caridad, hermanas en San Vicente, del santo viejo. Es un mar de tocas blancas, que forman una calle de gloria al muerto que pasa. Las lágrimas son para los dolores, dirán ellas, no para estas alegrías de la muerte, que solo piden á los que quedan una oración fervorosa.

Las velas del altar, alumbrando al divino Jesús que nos bendijo hace doce años, tienen moños negros, en vez de los blancos de aquel día, ¿Son un símbolo? Quizá: ¡tantas cosas han muerto en el alma pecadora, aunque brille todavía su fé como la cera!

El sol se filtra por los vidrios á través de sus figuras pintadas. El órgano gime en el coro y llena la nave un canto melancólico. El oficio acaba, y embebido en las memorias, no puedo orar. El santo sacrificio empieza. Van á cantar el oráculo de David, las predicciones de la Sibila. Veo á un clérigo cuyo nombre no recuerdo, y quisiera recordar, ponerse los lentes, buscar nervioso en un libro, hacer una señal al del armoniun... ¿Habrá perdido su voz de trueno? Tiemblan los cristales, y dos chicos asombrados buscan con los ojos al cantor. ¡Todo cómo antes! Todo sí, menos nosotros... Paz, Señor, á los muertos que te confesaron.