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Capítulo XII

de Joaquín Dicenta



Al desaparecer la tierra canaria de su vista, Alejandro, acodado en la borda del buque, murmuró:

-Acaso algún día estime mi acción en lo que vale. Haciendo lo que hago, podremos estimarnos siempre. De otra suerte, hubiéramos concluido por despreciarnos.

Con brusco ademán se desabrochó la americana; del bolsillo interior sacó una cartera y de ésta el retrato de Magda. Lo contempló largo rato en silencio; lo acercó a sus labios después, respetuosamente, y lo dejó caer en el Océano.

Sobre él flotó la imagen, que fue alejándose, alejándose, mecida por las olas, como el cadáver de un naufragio.