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Capítulo II

de Joaquín Dicenta



Eran fastuosas las cenas con que Goicoechea obsequiaba a sus auxiliares. Aquel hombre nació para hacer en grande las cosas; no fue por su culpa si la empresa de la ópera nacional fracasó. Tampoco la tuvieron los dramaturgos y los músicos a quien pidió ayuda. Todos cumplieron honradamente su misión. Los propios cantantes, dicho sea en su elogio, anduvieron menos engorrosos y exigentes de lo que suelen ser. Faltó para el éxito el apoyo de los de arriba, de los que llenan el teatro Real para oír ópera extranjera, de los que subvencionan ese teatro, y no tuvieron entonces para el nuevo más que un despectivo encogimiento de hombros.

Por eso, más que por falta de dinero o por mala distribución y empleo a destiempo del que había, vino aquella derrota, en la que autores y músicos perdieron ilusiones y tiempo y Goicoechea su última peseta. Lejos de España está, peleando por rehacer su deshecha fortuna. Quizás algún día le veamos regresar triunfante y poderoso. Quien entró en Madrid con alpargatas y supo, de una aventura en otra, llenar de cheques su cartera, bien puede alzarse de la ruina y tornar a ponerse las botas y volver, con las botas puestas, a Madrid.

Una sala del flamantísimo teatro se convertía en comedor para las cenas de los jueves. Acudió a la de éste, buen golpe de invitados y sonaban las ocho y media cuando llegó Alejandro.

-No es culpa mía -dijo- si han esperado ustedes. Échensela al chauffeur del gran Goicoechea, mejor dicho, a un neumático del automóvil que ha tenido a bien estallar en la Castellana; media hora nos costó el arreglo. Casi, casi estuve por hacer a pie lo que restaba de camino. Pero cualquiera lo hace con el diíta de hoy; me hubiera puesto de barro hasta las corvas, y francamente -añadió sonriendo-, ya que ustedes, por bondad, me confieren el papel de ídolo esta noche, no es cosa de poner yo los medios para que resulten de barro el pedestal y el ídolo. Bueno que lo sean, pero allá ustedes con las responsabilidades. Yo me lavo las manos.

-Ya te las lavarás con champagne después de la cena. Es el jabón que hace mejor espuma -exclamó Goicoechea, riendo su chiste a carcajadas.

-A más -añadió Humberto, el director artístico- no necesitas dar excusas, porque no eres el último en llegar a la cena. Aun nos falta otro convidado. Y, salvando todos tus respetos, más principal que tú. Al fin y a la postre, tú nos traes, en ese rollo de papel, un cacho de belleza escrita; el invitado que nos falta, es belleza de carne y hueso: la Fénice. Vuelve, vuelve los ojos hacia la puerta de la sala y verás si exagero.

En el marco de aquella puerta, destacando bravamente sobre los tapices rojos que la empabelloneaban, acababa de aparecer -aquí está bien empleado el verbo, porque aparición era- una hermosa mujer.

Cubría su alto y airoso cuerpo un abrigo de pieles, que se erizaban en el cuello y en el remate de las manos, para acariciar el busto y los desnudos brazos de su dueña. Era ésta morena, muy morena; de nogal parecía su cutis.

Sobre el cuello redondo y fuerte, se erguía una cabeza de sultana oriental; cabeza de ojos negros y apasionados, de celajes espesos, de pestañas largas, que ensombrecían los azules de dos anchas ojeras; la nariz, un si es no es respingona, se ensanchaba hacia las ventanillas, como afanosa por respirar aires de deleite; era la boca grande, de labios rojos, de blanquísimos dientes; el mentón firme, partido en dos por un hoyuelo; la cabellera de azabache, profusa, caía sobre las orejas en naturales ondas. Un sombrero de alas cumplidas endoselaba el puro dibujo de la frente. En la boca había una sonrisa: quizás el prólogo de un beso; los ojos atraían y estremecían a la vez, tan sensual era el entornamiento de los párpados, tan profundo el resplandor de las pupilas.

El cuello, donde apoyaba tan valiente cabeza, iba a perderse, con suaves difuminaciones, en un busto opulento, sobre el cual resplandecía un collar de brillantes. El talle era esbelto, de proporciones estatuarias; los pies angostos; la mano, si no breve, bien modelada, nerviosa, de remates puntiagudos.

La voz de esta mujer, una voz grave de contralto, sonó, tal que si fuese toda ella caricia, para decir: «Perdón, señores, si tardé».

Apenas se notaba en aquella voz el extranjero acento. Tenía más bien el acento mimoso, besador, de nuestros gallegos.

Dejó caer su abrigo al largo de los hombros; mientras lo recogía Goicoechea, se desprendió los alfileres del sombrero y quedó en descubierto la cabellera negra que daba cambiantes azules al reflejo de la eléctrica luz.

Goicoechea les presentó. Al contemplarse frente a frente, al tender uno hacia otro sus manos, una igual sacudida les hizo retemblar. Los ojos de Magda se volvieron más negros, más profundos; las claras pupilas de Alejandro quedaron inmóviles, extáticas; se estremecieron sus dedos al rozarse y hubo en sus conciencias el presentimiento doloroso de una mutua pasión.

-¡Cuidado! -dijo a Alejandro Goicoechea, cuando aquél se apartó de Magda-. Es encantadora, pero temible. Defiéndete bien. Como caigas entre sus uñas, ni un Dios te saca de ellas.

Y le refirió C por B la historia de la tiple. Había nacido en Portugal, de familia empingorotada. Fue, desde pequeña, admiración de todo el mundo, por su hermosura, por su ingenio, por sus aficiones artísticas, que hicieron de ella, a los diez y seis años, una gran pianista y una prodigiosa cantante.

Quiso dedicarse al teatro, utilizar su hermosa voz y sus aptitudes dramáticas en obsequio del arte y del público. Los padres contrariaron este propósito de la hija. Eran personas muy pagadas de su prosapia, muy sometidas a ciertos imbéciles prejuicios. Bueno que la niña se dejara oír en las reuniones y hasta en las funciones benéficas; de ahí no debía de pasar, so pena de dar al traste con los respetos a que su apellido y su posición la obligaban.

Magda pareció resignarse con la decisión de sus progenitores; pero en el fondo de su espíritu palpitaba la rebeldía, pronta a exteriorizarse si las circunstancias venían en su ayuda.

Vinieron. Cierta noche, en la ópera, hizo su presentación un barítono francés, que llegaba a Lisboa precedido por una gran fama de buen mozo y de buen cantante. No mentía entonces la fama; el barítono era todo un artista y todo un apuesto galán. Magda quedó prendada de él. «¡Qué admirable conjunto formarían sus voces si se unían alguna vez sobre un escenario, al compás de una orquesta, a la luz de las lamparillas eléctricas, entre los aplausos del público! ¡Y qué deliciosa, qué envidiable pareja la constituida por ellos, si amor les ayuntaba, cuando atravesaran las calles, ella con su tipo oriental, con su alta y graciosa estatura, con sus brillantes ojos negros, con su boca prometedora de caricias; él, rubio, elegante, de azules y lánguidas pupilas, de frente altanera, de ademán desafiador! A buen seguro no nacieron hombre y mujer más a propósito para completarse y fundirse.»

Así pensaba ella. Él debía pensar lo propio, porque muchas veces en el paseo, cuando su coche se cruzaba con el de Magda, y todas las noches en el teatro, cuando iba a él Magda, los ojos del barítono se clavaban en la encantadora portuguesa, haciendo hervir su sangre y temblar su alto pecho al embate rudo del corazón.

Fue en una fiesta aristocrática, a que Alberto (así se llamaba el barítono) acudió, pagado por cantar, y a la que Magda concurría, donde se hablaron y entendieron. Un dúo, en que el cantor puso todo su arte y Magda su alma entera, formalizó el idilio.

Magda, no pudiendo vencer la oposición tenaz de sus padres, echó por la calle de en medio y se fugó con el barítono. Fue el escándalo enorme. A poco sí los padres de la joven se mueren del disgusto. Ésta, repudiada, negada por ellos, casó con el barítono y con él salió para Milán. Su presentación en la Scala constituyó un gran éxito.

El barítono era un perfecto sinvergüenza, que se dedicó, a pocos meses de casorio, a explotar la voz de su mujer y a gastar en queridas y francachelas lo que ella ganaba. Soportó Magda tales injurias por el respeto y el amor de dos hijos, que en dos años la regalara el prójimo; pero fueron en aumento las canalladas de éste, y un día la cantante huyó con sus hijos del domicilio conyugal y buscó en brazos de un amante la felicidad que no hallara en los del marido.

Desde entonces aquella mujer empleó su existencia en gozar sus triunfos de artista y en derrochar el dinero que arrojaban a sus pies los hombres. Gozábase en atormentarlos, en llevarlos a la desesperación, o a la ruina. Cinco o seis enormes fortunas se deshicieron entre sus manos derrochonas, sin que ella guardase nada para sí; lo derrochaba todo: lo de sus amantes y lo que le producían sus contratas. Durante años su nombre llenó de adjetivos los diarios del mundo; sus locuras, de duelo numerosos hogares.

Al presente, gastada su voz por aquel vivir licencioso, tuvo que bajar algunos escalones en su categoría artística. Aun era, sin embargo, astro de magnitud; Goicoechea necesitó pagarla muy cara; lo perdido en voz, habíalo ganado en arte, en expresión dramática. Por lo que toca a amores, de algún tiempo a la fecha había renunciado a gozarlos. Se hablaba de una aventura trágica, terminada con el suicidio de un príncipe ruso, añadiéndose que Magda, horrorizada, arrepentida frente al cadáver que, por ella y ante ella, chorreaba sangre del corazón, rompió con el vivir antiguo y se dedicó exclusivamente a sus criaturas y a su arte.

-Eso dice ella -continuaba Goicoechea-. Pero, ¡bah!... todo será hasta que tenga un nuevo capricho de millones o hasta que alguien le entre por el ojo derecho. Según dicen, cuando esto le ocurre, es peor que cuando se entrega a un hombre por ansias de lujo, por vanidad o por derretir oro. Creo que la diva, en tales ocasiones se agarra lo mismo que una lapa. ¡Mucho cuidado, Álex! Lo digo al tanto de que Magda, en este momento, tiene puestos en ti sus ojazos de mora.

-Déjate de bromas -respondió Alejandro, yendo a sentarse lejos del sillón ocupado por Magda.

-¡Nada de sentarse! ¡A cenar! -gritó Goicoechea palmoteando-. Alejandro ofrece el brazo a Magda. Usted, Luis, con ellos y Magda entre los dos. Natural es que asiente entre los dos quien va a ser intérprete de la obra escrita por el uno y musicada por el otro. Ya verá usted qué drama tan hermoso, Magda. De la música no hay que hablar. Superior ha de hacerla Luis; todo lo que tiene de pequeño cuando anda por el mundo, lo tiene de grande cuando mete mano a la batuta o se pone a pintar garrapatos sobre ese papel lleno de rayitas, en que los músicos plumean. Ustedes -continuó el empresario dirigiéndose a los demás- se sientan donde les dé la gana. Yo presido, ¿eh? Me gusta ser en estas cenas el papá de la troupe. ¡Andando con las ostras! Cada cual se las entienda con su botellita de Sauternes.

Durante la cena pudo apreciar el escritor el talento y la cultura excepcionales de la tiple. Literatura, música, pintura, escultura, eran para ella cosas familiares de las cuales hablaba con un acierto y gusto exquisitos.

Algunas veces, durante su diálogo con el poeta, hizo Magda pausas llenas de gravedad. En el espacio de tiempo abarcado por estas pausas sus párpados caían sobre sus negros ojos, enrejándolos con el broche de las pestañas; por entre la rejuela brotaban resplandores sombríos; hubo un momento en que Magda palideció, apretando los labios, dejando caer sobre los manteles sus manos temblonas. Alejandro se inclinó hacia ella, interesado, atraído por el encanto que de aquella criatura emanaba, y le preguntó con voz queda, casi al oído:

-¿Qué tiene usted?

Magda alzó los ojos, y, mirando al poeta hito a hito, entrando en él con la mirada, repuso:

-No es nada. No es nada; ya pasó; perdóneme usted.

Su voz salía por entre los labios como un suspiro hecho palabras. Más que sonar, rozó cálida y acariciadora en los oídos del artista.

Al llegar la lectura del drama, y en tanto duró ella, Magda, asentada junto a Alejandro, le oía sin levantar los ojos, cruzadas sobre las rodillas las manos; en los pasajes amorosos tremaba su alto pecho y palidecía su tez; en los dramáticos, crispábanse sus dedos, arañando la sedería de la falda. Cuando terminó la lectura, dos lágrimas rodaron por los ojos de la bella oidora; se detuvieron un segundo sobre las ojeras azules y cayeron después en la cruz de carne que tejían los dedos.

No pronunció la menor palabra de elogio. Sin hablar, con el cuerpo erguido, la boca entreabierta y los ojos, húmedos aún por el viaje del llanto, llegó hasta el poeta y apretó con energía, casi con rudeza, su mano.

A ruegos de todos cantó un pasaje de Bohemia. Su voz entró hasta la medula de Alejandro, acompañada por el resplandor de unos ojos que parecían ensoñar los tristes amores del personaje de Murger.

Sonaron las dos sin que Alejandro hiciera intención de partir. Cerca ya de las tres, sólo cuando Magda se despedía, recordó el poeta que había quebrantado su voto de retornar a la barriada campesina en cuanto finase la lectura.

-Vaya -dijo Goicoechea, dirigiéndose a la cantante-, si usted quiere la llevaremos a casa en mi automóvil. Alejandro nos acompañará. La dejamos a usted y luego meto a éste en su nido; en su agujero, por decir más verdad. El hombre vive a ocho kilómetros de Madrid, en mitad del campo, haciendo competencia a los hurones. Si estuviésemos en verano, diría que a los grillos, porque, como habrá visto usted, Alejandro sólo sale de su boquete para cantar sus versos.

Aun conservaba entre las palmas de las suyas el calor de las manos que le tendió ella al despedirse, cuando llegaron él y Goicoechea a la puerta del hotel campesino. Al abandonar el automóvil aspiró Alejandro fuertemente su atmósfera para recoger el olor de Magda. Distraído se despidió del empresario. Antes de llegar a la casa, quedó inmóvil en una plazoleta de rosales, contemplando la luna, que se deshacía en polvo de plata, contra una nube negra, semejante a un velo de luto.