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Capítulo III

de Joaquín Dicenta



Estuvo cerca de un mes sin volver a Madrid. Más abstraído, más amante de la soledad que nunca parecía. Apenas si paraba mientes en sus hijos. Buscaba para sus paseos los rincones más ocultos del extenso jardín y andaba por ellos con las manos detrás de la espalda, la cabeza caída contra el pecho y los labios en perpetuo monólogo. Del jardín iba a su despacho. Según él, para trabajar.

Cierto era que, una vez encerrado entre aquellas paredes, ponía sus cuartillas en orden, mudaba en el palillero la pluma y tomaba asiento enfrente de la mesa. Pero no trabajaba. En blanco seguía el papel, puesto delante sus ojos; seca la pluma, que su diestra oprimía; la siniestra se crispaba sobre la frente. Tras un largo espacio de silencio total, Alejandro se ponía en pie, golpeaba con el puño la mesa y comenzaba a pasear de un extremo a otro del despacho, con paso rápido, febril; otras veces se dejaba caer contra un diván; en tal postura permanecía largo tiempo, con los ojos cerrados, sin moverse, como si fuera muerto.

Así transcurrieron los días. Uno, trajo el correo una carta con sello del teatro. Los ensayos empezaban al día siguiente; era menester que Alejandro asistiera al de lectura; al menos para el reparto de papeles. A más, el músico había terminado la partitura y quería dársela a conocer. Ello sería por la noche, después del ensayo, a la conclusión de una comida con que Goicoechea obsequiaba al músico, a Alejandro y a los principales intérpretes.

Alejandro no podía faltar, hubiera sido hacerlo perjudicial para los trabajos preparatorios del estreno; para el compañero, descortés.

Al día siguiente, a la hora designada, estaba el autor en el teatro. Magda le saludó sin preguntarle por los motivos de su ausencia. Sólo sus grandes ojos se fijaron en los del poeta como un interrogante. Él balbuceó cuatro frases idiotas, leyó con ademán y acento automáticos; en igual forma hizo el reparto de papeles. Exceptuando las del saludo, no se cruzaron palabras entre autor y cantante. Al término de la lectura, cuando Alejandro dio su papel a Magda, le dijo:

-Ahí se lo entrego; todas mis esperanzas se cifran en usted.

-Yo me encargo de que no se malogren -repuso ella, cogiendo el papel y alzándolo hasta la altura de su boca.

Al decir esto su voz era grave, sus labios temblaban unas miajas.

-Adiós -añadió dirigiéndose a todos, pero sin apartar sus ojos del poeta.

-¡Cómo adiós! -gritó Goicoechea-. Pero, ¿es que no comemos juntos? ¿Es que no oye usted la partitura?

-Me es imposible. Tengo muchas cosas que hacer. Coman ustedes solos y acuérdense de mí -añadió estrechando la mano de Alejandro-. Yo tampoco me olvidaré. ¿No es mañana el segundo ensayo?

-Sí, mañana.

-Pues entonces hasta mañana.

-Hasta mañana -balbuceó Alejandro.

Fue así, viéndose en los ensayos, despidiéndose a la salida, sin hablar de amor nunca, como amor se adueñó de sus voluntades. Se miraban, aprovechando el uno la distracción del otro; apenas se oprimían las manos al dárselas en ademán de despedida; huían la ocasión de encontrarse solos, como si la temieran, como si retardaran el momento de que sus labios primero, y sus brazos después, hicieran realidad al ansia que agitaba sus corazones.

Y vino la noche del estreno y fue en ella, después de un éxito clamoroso para los autores y para la cante al finalizar el acto último, al caer por vez postrera el telón, entre una atmósfera de gloria, cuando Alejandro y Magda, sin darse cuenta de sus actos, sin pensar en los curiosos que llenaban la escena, se abrazaron, se estrujaron el uno contra el otro, en una plena y apasionada entrega.

-Te espero en mi casa -murmuró Magda en el oído del poeta.

Y salió corriendo, sin volver el rostro, ocultándolo entre sus manos, llenando el espacio con el perfume que se desprendía de su cabellera destrenzada.